Nunca Digas Adiós
Capítulo 32
Encrucijada III
El mundo se fue al
diablo y no bromeo, lo digo literalmente. Pasé de estar relajándome
merecidamente en una tina con una copa de vino en la mano en el pent-house de
un lujoso edificio, a correr por mi vida, la de Alissa y de su padre Airo, todo
en toalla, saltando medio desnuda entre escombros y con la gente gritando llena
de pánico, eso curiosamente evitaba que me miraran mal algunos pervertidos.
También pensé cuando el polvo de los escombros me cubrió, que era una suerte no
ser justamente una mujer común y corriente, no sé cuántas veces nos salvaron la
vida mis elementos, el hilo de mi querida Julieth jamás me fue tan útil como
este día: para no caer a abismos infernales de magma, quitar una pared o
incluso un edificio del camino, detener escombros cayendo de cada lugar
posible, hacer una telaraña como puente para cruzar un agujero del tamaño de
dos canchas de fútbol y estoy segura que en ese punto, me sentí como el hombre
araña o algo parecido. Llegué hasta el final, el punto de encuentro destinado
para la recolección, apenas y pude traer conmigo a unos pocos, solo estar ahí
en medio del caos esperando que el helicóptero de Suichiro llegara, fue uno de
los peores momentos de mi vida, pues sentí en carne propia la impotencia y la
desesperación de todos aquellos con los que me crucé en el camino y que
murieron frente a mis ojos sin que pudiera hacer nada para cambiarlo. Así que
comenzaba a perder la esperanza, la pequeña Alyssa en mis brazos conteniendo el
llanto asustada, cuando le mentía creyendo que la frase ‘todo estará bien’ era
la más vil falacia, me refugiaba en mi mente, sintiéndola abrazarme para darnos
fuerzas mientras el abismo se hacía más grande, sosteniendo con su manita lo
único que me evitaba yacer desnuda en lo que sería la hora de mi muerte, sí, la
maldita toalla hecha un verdadero asco... en ese punto maldije un poco a todo
el mundo, era indigno morir así, cuando la he visto negra ya tantas veces.






