Allí estaba, la
vendimia había llegado al fin con los albores del otoño. Todos se afanaban por
terminar la dura jornada de trabajo que había comenzado al amanecer para evitar
los rigores del sol y el calor, cortando racimos, probando uvas y separando las
que irían directas al lagar de las que se servirían como postre. A pesar de ser
una actividad mecánica, si bien salpicada de notas de humor, comentarios y
chismorreos, constituía el momento más interesante de la época ya que era
difícil encontrar una reunión multitudinaria sin salir de la comarca. Para
Julia el atractivo estrella de la jornada residía en poder observar a las tres
hijas del vecino libremente, unas genuinas “Ángeles de Charlie”, deambulando
entre parras y simulando ser auténticas expertas.
