Esperamos tu historia corta o larga... Enviar a Latetafeliz@gmail.com Por falta de tiempo, no corrijo las historias, solo las público. NO ME HAGO CARGO DE LOS HORRORES DE ORTOGRAFÍA... JJ
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El jardín de la oca - Amina - 1

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No hace mucho que descubrí este blog y, tras leerme muchas de las estupendas historias que hay en él publicadas, me he animado a contaros una. Es la historia de alguien que conozco, de una antigua amiga, que me contó una tarde plomiza de abril en una cafetería del centro, donde nos encontramos tras mucho tiempo sin saber la una de la otra.

La Estrella del norte - Amina - 1


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Eran aproximadamente las once de la mañana, de un soleado y frío día de enero, cuando un coche de la policía recorría a toda velocidad las calles de la ciudad, esquivando a los vehículos que se iban apartando según se les acercaba el sonido de la sirena. El inspector Neira iba conduciendo mientras que la inspectora Castillo, aun llevando el cinturón puesto, intentaba agarrarse a cualquier punto del coche que le proporcionara estabilidad.
     ¿Podrías ir un poco más despacio? No hace falta ir tan deprisa, te recuerdo que se trata de un cadáver y ya llegamos tarde para salvarle la vida. Además, si sigues conduciendo así, voy a vomitar.
     Eso te pasa por salir de copas anoche, luego no sirves para nada. Se te agita un poco y mira lo que pasa.
Entre los bruscos volantazos de su compañero y los tardíos adornos navideños que le cegaban con el reflejo del sol, la inspectora Castillo tuvo que cerrar los ojos para no acabar devolviendo. No tenía que haberle contado lo de anoche, pensó mientras intentaba controlar las náuseas. Al ver que se iba poniendo blanca por segundos, el inspector aminoró la marcha y ella bajó la ventanilla para que su cara recibiera el frío aire de la mañana.
Clara Castillo era inspectora de la Policía Judicial y, junto a su compañero Carlos Neira, estaba destinada en la comisaría de distrito donde esa mañana se había recibido el aviso de homicidio. Neira llevaba poco tiempo ejerciendo como inspector y casi todo lo que sabía lo había aprendido de su compañera, que llevaba más tiempo en el oficio. Después de unos años trabajando juntos, se conocían bien y, aun siendo compañeros, se había creado una amistad entre ellos. Casi todos los jueves, después de salir de trabajar, quedaban para tomar unas cervezas en el Sónar, un bar que estaba a dos calles de la comisaria, para hablar de forma distendida de todo lo que no fuera trabajo. Poco a poco fueron contándose confidencias y Clara, se concedió la debilidad de la amistad con él. Salvo Neira, nadie más de la comisaría sabía de su vida.
Al llegar al lugar de los hechos, estacionaron el coche junto a los otros vehículos de la policía que habían acudido al aviso. La zona ya había sido acordonada y el agente que estaba en la puerta les indicó el piso al que tenían que subir. Los hechos habían ocurrido en el tercer piso de uno de los edificios más lujosos del barrio más caro y selecto de la ciudad.
El suntuoso vestíbulo del portal estaba abarrotado de vecinos interesados en saber lo que ocurría. Los inspectores tuvieron que ir abriéndose paso entre la gente para poder acceder por las escaleras al piso ya que el ascensor, había sido precintado para la investigación.
     ¡Menuda choza!  –  dijo Neira mientras se quitaba el abrigo y se lo entregaba al guardia que estaba en la entrada.
Uno de los agentes que habían acudido al domicilio en el primer aviso les contó que esa mañana, a las nueve y veinte, recibieron la llamada en comisaría. En cuanto llegaron y vieron la situación, aislaron la zona y avisaron al resto. El juez y el equipo forense ya estaban dentro.
Después de colocarse guantes y fundas en los zapatos, los inspectores se dirigieron por el camino trazado hasta el dormitorio, lugar donde se encontraba el cadáver.
La habitación no estaba revuelta, los cajones, la ropa del vestidor, todo parecía en su sitio pero en la cama, yacía el cuerpo de una mujer muerta. Tuvieron que moverse con cuidado para no tocar nada del escenario del crimen.
     Buenos días señores ¿Qué hay Doctor Gutiérrez?, ¿qué tenemos? – preguntó la inspectora Castillo después de echar una ojeada a la habitación.
     Pues, el cadáver de una mujer de unos treinta y tantos años, en posición decúbito supino, con evidencias de muerte por asfixia. Aproximadamente llevará unas setenta y dos horas muerta, aunque habrá que esperar a que la autopsia lo aclare. El cuerpo fue encontrado esta mañana por la asistenta.
Mientras el forense le narraba las primeras impresiones, ella no pudo quitar sus ojos de aquel desnudo cadáver, medio cubierto por una sábana. Recorrió con su mirada a aquella bella e inerte mujer, de perfectas facciones y delicado cuerpo, que la palidez mortuoria le hacía parecer de porcelana, como si fuera una figurita de Lladró.
     Es una lástima que muera un pibón como este mientras mi horrible suegra sigue vivita y coleando –  le espetó el inspector Neira al pasar por su lado en dirección al baño.
     ¿Dónde está la asistenta?, quiero hablar con ella – dijo la inspectora mientras le echaba una mirada asesina a su compañero por el comentario.
La mujer estaba asustada y no paraba de decir que ella no sabía nada, que sólo encontró a la señora esa mañana cuando llegó y fue a despertarla. Declaró que llevaba tres años trabajando en la casa, que asistía de lunes a viernes, de nueve a cuatro de la tarde y que el viernes pasado, fue la última vez que la vio con vida. Aquel día, la señora le había encargado que preparara la cena antes de irse porque tenía invitados esa noche. No sabía cuántos invitados porque la señora no se lo había dicho, pero sí le dijo que hiciera un redondo de carne para cuatro personas y así le quedaría para comer al día siguiente.
     ¿La señora vivía sola? –  preguntó la inspectora mientras tomaba nota de lo que decía la asistenta.
     La señora está, perdón, la señora estaba divorciada desde hacía años y siempre la he conocido con novio, amante o lo que sea, nunca la recuerdo sin un hombre a su lado. Por lo que sé, últimamente era el señor Navarro el que salía con la señora, creo que iban en serio, por lo que la señora me comentaba. De todas formas, yo solo le he visto alguna mañana al irse después de haber llegado yo a la casa. No sé cuál es su nombre, solo sé que es el señor Navarro.
     ¿Ha tocado usted algo de la casa, en la cocina, en el dormitorio…? Es importante que lo recuerde.
     No señora, no he tocado nada, solo el teléfono para llamarles a ustedes y después, me he quedado en la entrada. No sabía qué hacer.
La inspectora Castillo sabía que la testigo era importante para el caso por lo que pidió que alguien la acompañara a comisaría para que se le tomara una declaración completa. Después organizó la investigación entre los demás agentes que estaban allí.
     Neira, habla con el juez Merino para ir preparando las diligencias; Estévez, interroga a los vecinos por si han oído algo; Salcedo, localiza al portero del edificio, necesitamos las grabaciones de las cámaras de vigilancia que seguro las hay en un edificio como este. Recuerda que queremos las del viernes por la noche.
Una vez distribuido el trabajo, se dirigió a inspeccionar la cocina ya que, según la sirvienta, tuvo que haberse celebrado una cena el viernes por la noche. No había rastro de esa cena, la cocina estaba impoluta, el lavavajillas estaba vacío, en la nevera no había restos y la bosa de la basura había desaparecido del cubo. Le daba vueltas a lo sospechoso de todo aquello cuando su mirada se paró ante el horno donde, al abrirlo, encontró los restos del asado. Indicó a uno de los técnicos que sacara fotos de todo aquello.
Luego, hubo cena, masculló para sí misma, lo que le hizo pensar que, si no fue la asistenta, y era poco probable que la bella víctima, de delicadas y sedosas manos, fregara los platos o vaciara el lavavajillas, alguien puso mucho interés en no dejar rastro de aquella cena, pero se le olvidó quitar el asado del horno.
Se acababan de llevar el cadáver cuando Neira se acercó a su compañera para indicarle que, mientras los expertos realizaban la inspección ocular, tomaban huellas, fotos y recogían los efectos que pudieran servir para la investigación, ellos no tenían nada más que hacer allí.
     Tenemos que ir a comisaría, hay que esperar las órdenes del juez y avisar a los familiares de la víctima.
     ¿Qué has averiguado? – le preguntó la inspectora sin dar importancia a las palabras de su compañero.
     Que estamos ante un bello y rico cadáver. Se trata de Tania Rota, hija de uno de los hombres más poderosos de este país y esto, amiga mía, puede ser algo muy gordo.
     El caso es que me suena el nombre, pero no sé de qué.
     No jodas que no sabes quién es Tania Rota, está claro que no lees mucha prensa, se trata de una de las más ricas y conocidas de la jet-set del panorama nacional.
     Ni idea, ya sabes que no me entero mucho de quién es quién en ese mundo paralelo al mío.
El interés de la inspectora Castillo por el mundo del papel cuché era nulo, no conocía a los personajes y tampoco tenía intención de conocerlos, no le atraía esa gente, para ella inmoral, y le parecía ridículo poner atención al modo de vida de una casta ostentosa e inalcanzable como los Rota.
     Pues, hay un motón de personas que siguen la vida de estos famosos como si fueran la suya, con quién se han casado, dónde viven, qué llevan puesto, a qué fiestas van... Las revistas del corazón son las más vendidas en este país, con eso te lo digo todo. Hay un montón de gente que desea, o mejor dicho, que envidia ese tipo de vida de lujo, poder y dinero. En fin, ya sabes, el poder de lo material es lo que realmente importa en esta vida – dijo Neira poniéndose filosófico.
La inspectora Castillo sonrió ante el irónico comentario de su compañero pero sus palabras le hicieron reflexionar sobre la banalidad de la condición humana. La gente prefería vivir la vida ajena a la propia para evitar la realidad. Pensaba que ella no era así, que ella era bastante más realista ante la vida, aunque reconocía un toque de pesimismo en su enfoque pero, sobre todo, era terrenal y no necesitaba creer en mitos, dioses o arcanos para sobrellevar el día a día. Mientras pensaba en todo esto, se dio cuenta de que sus dedos estaban frotando suavemente la piedra de su bolsillo, lo que le hizo enfadarse consigo misma. Aunque le cueste reconocerlo, sí hubo un tiempo en que Clara quiso creer en ese mundo esotérico de estrellas y arcanos. Fue cuando compartió su vida con Soraya, su pareja durante cinco años, que era una gran creyente del tema, y ella quiso complacerla. Hace tiempo, Soraya le regaló, con la promesa de que siempre la llevara consigo, una piedra de toque, del tamaño de una moneda, que era mágica por poseer un pequeño fósil dentro. Aunque dice que no cree en la magia, lleva años con la piedra en su bolsillo izquierdo del pantalón, para tocarla de vez en cuando, a veces más de lo que a ella le gustaría. A menudo, se regaña a sí misma porque sabe que es una costumbre idiota y ridícula estar sometida a una piedra, a una piedra que además, le recuerda a Soraya. Pero sabe que ese talismán le tranquiliza, le facilita la concentración cuando medita y, aunque su intención es evitarlo, nunca olvida meterla en su bolsillo cada mañana.
     Cuando quieras nos vamos, tenemos un duro día por delante pero antes, quiero saber si Salcedo ha localizado al portero. Es importante que consigamos esas grabaciones – dijo la inspectora volviendo a la realidad.
No hubo suerte, las cámaras no funcionaron aquel día porque el sistema de vigilancia llevaba estropeado desde el martes anterior por un fallo en el circuito. Aquella noticia enfadó a la inspectora pero también le hizo sospechar que, justamente tres días antes del homicidio, fallara el sistema.
Al salir a la calle, se encontraron con un gran tumulto que rodeaba el cordón policial lo que provocó que tuvieran que esquivar a la gente para llegar hasta el coche.
     ¡Clara, Clara!, ¿Qué ha pasado? – le gritó alguien a su espalda.
     ¡Cómo no!, el buitre de prensa, el animal más rápido de la fauna ibérica. ¿Qué haces aquí, cómo te has enterado tan pronto? – dijo la inspectora al volver la cabeza y ver quién era.
     Esta casa casi siempre está vigilada por la prensa, no hay día que no haya un paparazzi por la zona. ¿Qué ha pasado?, ¿es Tania Rota, verdad?
     Eva, sabes que no puedo decirte nada, el caso está bajo secreto de sumario. Ahora tengo que irme pero me gustaría hablar contigo. ¿Te llamo?
     Cuando quieras, y espero que me des alguna información del caso. Ser amiga tuya debe de servir para algo, ¿no? Llámame.
Eva Torres era periodista y trabajaba en uno de los diarios más vendidos del país. Clara y Eva se conocieron en la universidad, donde fueron amantes y ahora, trataban de ser amigas. Después de acabar su relación con Soraya, Clara buscó consuelo en Eva pero aquello duró poco, seguía enamorada de Soraya y ya no sentía por Eva lo que sintió por ella en su juventud. Para la inspectora, aquella relación estaba acabada hacía años, cuando terminaron los estudios, pero para la periodista, aún seguía siendo algo que deseaba.
Durante el trayecto de vuelta, los dos policías hablaron poco, comentaron algo de los pasos a seguir y poco más. La inspectora Castillo, callada como siempre, no podía dejar de pensar en la víctima, en esa bella mujer de vida luminosa y confortable, y de muerte oscura y violenta.
     Creo que, quien cenó con la víctima el viernes por la noche es el asesino – dijo ella mientras su mirada se perdía a través del cristal de la ventanilla.
     O la asesina, tal vez la víctima jugaba en tu equipo.
     Je, je, pues no. Por lo que me ha contado la asistenta, más bien jugaba en el tuyo – le contestó ella con el mismo tono irónico que él había utilizado.
Una vez en la comisaría, y después de informar del suceso al comisario Peláez, se pusieron a trabajar. Los informes de los distintos laboratorios tardarían días así que decidieron empezar por lo inmediato. Neira se encargó de la declaración de la asistenta y ella, intentó localizar la dirección y el teléfono de los familiares de la víctima. Al tratarse de una familia importante, el teléfono no estaba publicado en ninguna guía telefónica y, una solicitud para conseguir el número llevaría tiempo así que, decidieron personarse en el domicilio familiar.
Cuando llegaron al domicilio de Don Román Rota, padre de la víctima, situado a las afuera de la ciudad, en un barrio residencial de lujo con control de acceso y vigilancia las veinticuatro horas del día, los recibió el mayordomo de la casa el cual les dijo, que el señor estaba de viaje y que no había más miembros de la familia en la casa.
     Las hijas del señor se llaman Vega y Tania. Les puedo dar la dirección de la hija menor del señor porque la de la hija mayor, no la tenemos.
Le dieron las gracias y se fueron. No les servía de nada la dirección que les había proporcionado el mayordomo porque era la de la finada. Llamaron a comisaría y esperaron a que les proporcionaran la dirección de la otra hija.
Vega Rota vivía a pocas manzanas de su hermana, en el mismo barrio lujoso. Les recibió en el hall del apartamento después de que la asistenta la avisara. Era espectacular y tan bella como su hermana, acababa de llegar de montar a caballo y no le había dado tiempo a cambiarse, por lo que pidió disculpas por su atuendo. Se dirigió hacia los dos policías y extendió la mano para saludar al inspector Neira y cuando se dirigió hacia la inspectora Castillo, se miraron con intensidad a los ojos al darse la mano.
     Soy Vega Rota, ¿qué puedo hacer por ustedes, agentes?
     Sentimos molestarla señora, somos la inspectora Castillo y el inspector Neira. Hemos venido a comunicarle que su hermana, Tania Rota, ha sido hallada muerta esta mañana en su domicilio.
Cuando el inspector Neira acabó de contar lo sucedido, la mujer se tambaleó, el impacto de la noticia hizo que le fallaran las piernas. La inspectora la sujetó para que no se cayera al suelo y la acompañó al sillón más próximo para que se sentara. Se había quedado pálida y no pudo articular palabra.
     Es importante que avise usted a su padre – dijo Neira mientras la inspectora atendía a la mujer.
     ¿Qué le ha pasado a mí hermana? Por cómo me hablan ustedes, presiento que le ha ocurrido algo malo.
     Creemos que se trata de un homicidio aunque hay que esperar a que la autopsia lo confirme. El cuerpo ha sido trasladado al Anatómico Forense y por ahora, hemos de esperar – dijo la inspectora Castillo haciendo un gesto de resignación.
Los inspectores no quisieron molestarla más y le pidieron que acudiera al día siguiente a la comisaría para poder hacerle una serie de preguntas referentes a su hermana.
Al salir, el inspector Neira hizo uno de sus comentarios típicos al referirse a la mujer, haciendo hincapié en esas miradas que había visto entre ellas.
     ¡Uf!, en ese contacto visual han saltado chispas, las he visto hasta yo.
     No digas estupideces –  dijo ella intentando demostrar dureza hacia su compañero.
     Nunca había visto tanta tía buena en un mismo día, lástima que una de ellas esté fiambre. Y tienen unos nombres un poco rimbombantes estas hermanas, ¿no te parece? No se llaman Pepa y María, no, se llaman Vega y Tania – dijo Neira imitando la voz del mayordomo.
     Son nombres de estrellas. Vega es una de las estrellas más importantes de nuestro firmamento y Tania también es un nombre de estrella. Hay dos, Tania Borealis y Tania Australis y están en una de las patas la Osa Mayor.
     ¡Joder!, qué puesta estás en astrología.
     Se trata de astronomía, burro, no de astrología. Y sí, sé algo de las estrellas, pero no mucho.
     Creo que por hoy hemos tenido suficiente, hasta que no tengamos los resultados de los laboratorios y de la autopsia, no podemos hacer mucho más. ¿Nos tomamos unas cervezas y me hablas de las estrellas? Prometo llevarte luego a casa.
     No, prefiero que me acerques a comisaría, aún es pronto y tengo que cerrar el informe del robo a la joyería, estoy convencida de que Peláez me lo pedirá mañana. Ya sabes que no me pasa ni una.
     Tu misma pero, deberías cortar esa historia con el jefe. Encárate con él, demuéstrale tu carácter, él sabe que se pasa contigo y que puedes denunciarle por ello. No es normal que te presione de esa manera a ti y no lo haga con los demás. Creo que te tiene miedo porque sabe que eres buena en esto.
     Gracias por tu confianza, colega – le dijo la inspectora al bajarse del coche – Nos vemos mañana.
Entró en la comisaría pensando en que Neira tenía razón, no debería dejar pasar más tiempo, había llegado el momento de acabar con esta situación. Hacía ya meses que había tomado la decisión de dejar la policía, no quería seguir ejerciendo un oficio que, en el fondo, no iba con ella. Clara se hizo policía por complacer a su padre, también policía al igual que el abuelo. Ingresó en la academia después de finalizar sus estudios universitarios y fue la primera en su promoción. Gracias a su padre, el comisario Castillo, llegó a inspectora con rapidez, eso sí, aprobando siempre y con buena nota todos los exámenes necesarios. Ella sabía que era buena en su trabajo, que lo realizaba de forma eficiente y profesional, pero también sabía que no era lo que quería. Nunca lo quiso.
Mientras su padre vivió, la inspectora Castillo fue respetada por todos pero tras su muerte, hacía algo más de un año, la situación de Clara había cambiado y algunos compañeros no le perdonaban que fuera una enchufada, aunque hiciese méritos en su trabajo para ser respetada. Años atrás, el comisario Peláez trabajó a las órdenes de su padre y ahora, él se vengaba de ella.
Su decisión ya estaba tomada y solo necesitaba el valor necesario y el momento justo para dar el paso. El pasado noviembre, cuando fue al pueblo en la festividad de todos los santos para ver a su madre y acompañarla al cementerio, ante su tumba, mientras su madre rezaba, Clara le dijo a su padre que no tenía sentido seguir si él ya no estaba.
Este caso y se acabó, se dijo para sí misma, sabiendo que eso mismo se había dicho con el anterior caso.
Era tarde cuando salió de la comisaría, tuvo la tentación de ir al bar a tomar algo pero se acordó de que ya estuvo bebiendo la noche anterior y no era bueno beber tanto y tan seguido. Decidió irse a su casa, le vendría bien acostarse pronto, el día siguiente se esperaba intenso.
Al llegar a su casa dejó las llaves y la negra piedra sobre la única mesa que tenía, tocándola antes de soltarla y acordándose de Soraya, a la que aún echaba de menos al llegar a casa, aunque esa fuera otra casa donde nunca estuvo ella. Hacía más de dos años que ya no estaban juntas pero todavía pensaba en ella, su recuerdo aún titilaba en su memoria como la diminuta y borrosa luz de las Pléyades.
Se conocieron en la sala de espera de un aeropuerto, las dos iban a coger el mismo vuelo que había sido retrasado y sin hora prevista de salida. Empezaron hablando de trivialidades pero según avanzaba el tiempo, fueron contándose cosas de sus vidas y sin darse cuenta, pasaron las horas de espera. Cuando avisaron del vuelo se despidieron, tenían asientos separados y no iban a verse después. En el momento de darse los dos besos de despedida, Soraya le entregó una servilleta donde había escrito “Llámame” junto a un número de teléfono.
Después de aquel encuentro, Clara tenía la “patata caliente” de tener que llamarla y eso le ponía de los nervios. Aquella mujer tan atractiva, ejecutiva de una multinacional, quería que la llamara y ella, no sabía qué decir. Decidió dejar pasar un poco de tiempo para poder adquirir el valor suficiente y además, no quería demostrar que estaba ansiosa por verla. Aguantó estoicamente casi dos semanas pero no pudo más, se armó de valor y la llamó por teléfono. Nunca estuvo tan nerviosa como aquella vez.
Se fueron conociendo poco a poco y después de unas cuantas citas, llegó lo inevitable, lo que deseaban las dos desde el instante en que se conocieron en aquella sala de espera. Cuando se besaron y se amaron por primera vez, supieron que habían encontrado lo que buscaban. Estuvieron juntas unos cinco años y fue la relación más importante que haya tenido Clara, ninguno de sus amores anteriores brilló tanto en su firmamento como lo hizo Soraya.
Tal vez fue la rutina y el tener trabajos tan diferentes e incompatibles lo que propiciaron que llegara el día en que se dijeron adiós. Soraya aceptó un trabajo en Italia y Clara no siguió su estela. La quería con toda su alma y siempre quiso complacerla en todo pero esta vez, no pudo y tuvo que romper con su vida para no romper con su vida, toda una paradoja. Era un mal momento para ella, su padre estaba enfermo y no podía dejar el trabajo.
Cuando se separaron, Clara no quiso seguir viviendo en la misma casa y regresó a la de sus padres, que estaba vacía desde que se fueron al pueblo cuando se jubiló el padre. Compró una cama, un sofá y una mesa con dos sillas, ese era el único mobiliario que existía entre aquellas vacías paredes. En un rincón del salón había una pila de cajas de cartón que contenían las cosas que se había traído cuando se mudó. Habían pasado ya varios años y aún seguían sin desembalar.
Se dio una ducha y se puso ropa cómoda, decidió hacerse un sándwich de atún para cenar y abrió una botella de vino para acompañarlo. La cocina no era su fuerte, las veces que intentó cocinar algo tuvo que tirarlo a la basura porque el resultado nunca fue comestible.
Puso en marcha el ordenador portátil, que solo utilizaba como equipo de música conectado a unos altavoces, para oír un poco de música tumbada en el sillón e intentar relajar la tensión acumulada durante el día. Después de tomarse unas cuantas copas, el vino empezó a calmar el cuerpo y a disparar la mente. Esa tarde había hablado de las estrellas con Neira y eso hizo que el recuerdo de su padre, estuviera presente en su pensamiento. Hacía tiempo que no recordaba aquellos veranos en el pueblo, cuando salía por las noches con su padre a ver las estrellas. Tumbados en la hierba, boca arriba, bajo la bóveda celestial más impresionante que jamás haya visto, su mente se perdía por aquel oscuro manto tridimensional de luminosos astros mientras su padre le narraba las fantásticas historias mitológicas de las galaxias y estrellas que conocía.
     Elige una estrella – le dijo su padre una noche – Una estrella que quieras que te acompañe toda la vida, que sea tu estrella.
     Elijo la Estrella Polar porque, aunque no sea la más grande ni la más brillante, es mágica por estar en ese lugar privilegiado donde siempre sabré encontrarla.
     Buena elección, muy práctica, se nota que eres hija mía. Yo elegiré a la estrella Arturo porque, además de llamarme igual que ella, decir que ella se llama como yo sería un sacrilegio, su nombre significa “el guardián de la osa”, tanto de la Osa Mayor como de la Osa Menor, donde está Cinosura, la Estrella Polar.
Cuánto echaba de menos a su padre, él siempre fue su aliado, su timonel en ese mundo de buenos y malos y ahora que él ya no estaba, se encontraba sin rumbo y sin su guardián.


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Todo comenzó ayer por la tarde cuando, estando en la agencia, recibí la llamada de Carmen.
   Mamá ha muerto esta tarde. Mañana será el entierro y tienes que venir.
   Lo siento pero no voy a ir, Carmen, sabes que no quiero volver. No voy a ir.
   Es necesario que vengas, tenemos que hablar de muchas cosas, sobre todo de la herencia, debemos ponernos de acuerdo.
   Paso de la herencia, renuncio a ella, no la quiero, no puedo aceptar algo de alguien que no me quiso.
   María, todo eso ya se acabó y no puedes renunciar, tienes que venir.
   ¿Seguro que no hay más remedio?, podríamos hacer todo ese rollo de la herencia en algún notario de por aquí, como hicimos cuando papá.
   No puede ser, aquello fue distinto porque lo hicimos meses después de la muerte de papá y fue todo un lío, ahora tienes que venir porque todo está aquí. Además, pienso que es bueno para ti, para mí y para todos. Por favor, necesito que vengas.
En ese momento, luché para que mis palabras no fueran las que pronuncié.
   …. Está bien, aunque me repatea tener que ir. Pediré unos días libres en el trabajo y mañana saldré para allá.

Y aquí me encuentro ahora, sentada en este autobús que acaba de ponerse en marcha con destino a mi pasado, sin ganas ni fuerzas para ello, la verdad. Voy con los auriculares puestos oyendo música para intentar no pensar. Me alegra que no esté ocupado el asiento de al lado porque necesito dormir un poco, esta noche no he pegado ojo, he dado tantas vueltas en la cama que he acabado sentada en el borde, con las manos en la frente intentando calmar mis pensamientos que surgían a borbotones. Anoche, la llamada de Carmen abrió todos los baúles del desván de los recuerdos a la vez. Te pasas toda una vida intentando olvidar y de un plumazo, zas, aparecen todos los fantasmas del pasado en primera fila. De todas formas, no quiero pensar en ellos y espero que me dejen dormir, lo necesito.
Llevo un buen rato intentando no pensar pero no lo consigo, mi cabeza es un puro pandemonio. No logro dominar los recuerdos agolpados desde anoche en mi mente, inquietos y a flor de piel, todos saben que ha llegado la hora de salir a escena, a ocupar el lugar y el tiempo que les corresponde, quieren dejar de vivir en el caos, quieren cerrar el círculo. Yo también creo que, por mi bien, ha llegado el momento de calmar y poner orden en mi anárquica memoria. Un psicólogo diría que “hablarse a sí mismo” es la clave para controlar el pensamiento y es justo lo que yo necesito ahora, controlar mi pensamiento, aunque es más fácil de decir que de hacer. Lo que está claro es que, si quiero acabar con esta locura mental, he de tratar de ordenar un poco este caos con algún método, como acostumbro. No sé si podré desenmarañar todos los recuerdos que guardo en mi cabeza pero al menos, intentaré evocar cronológicamente los más importantes para que indiquen a los demás el lugar que les corresponde. El viaje es largo y la música que voy oyendo me invita a ello.
Empezar por el principio sin saber exactamente cuál de todos mis recuerdos es el primero, es difícil. Tal vez, para salir de este laberinto mental, lo mejor sea utilizar como hilo de Ariadna el principio inmediato, el hecho que ha provocado que esté en esta situación.
Mamá ha muerto y, aunque suene duro, no me conmueve. Siento pena por ella, sí, pero no siento pena por mí.
Ha muerto mi madre, la que nunca supo ser madre, Doña Carmen, una mujer sin carácter ni personalidad, que se pasó la vida escondida de la vida y se consumió con la pena de no haber sabido ser buena esposa. Nunca nos quiso a Carmen y a mí, fuimos las hijas fallidas que le impidieron tener un hijo varón. Papá pasó de ella hace muchos años, cuando supo que no le iba a dar el heredero deseado.
Y qué decir de mi padre, aún conteniendo mis sentimientos no podría decir otra cosa, que fue un hijo de puta, con todas las letras. Fue un hombre más odiado que amado, listo y maquiavélico, con un afán de poder que no le impidió utilizar los medios más ruines para conseguir su fin.
Papá consiguió su fortuna y su status social gracias a lo que vulgarmente llamamos “un braguetazo”. Se casó con mamá, una chica bien, hija única de un general, a la que nunca quiso.
Cuando se casaron se instalaron en el pueblo de mamá, en la casa que perteneció a su familia, terratenientes que poseían más de la mitad de las tierras del municipio, cuya administración pasó a manos de papá. Años después, tras la muerte de sus suegros, se hizo dueño de toda la herencia de mamá.
Gracias a este matrimonio, papá se introdujo en un círculo de amistades franquistas que le hicieron subir rápidamente en el mundo de la política. Desde las primeras elecciones democráticas salió elegido alcalde del pueblo y estuvo ejerciendo su tiránico mandato hasta su muerte, gobernando de manera despótica y dictatorial. Todos temían a Don Antonio y ninguno se atrevía a llevarle la contraria, se quitó de en medio a todo aquel que pretendiera hacerle sombra. Era un auténtico cacique que conseguía los votos a base de amenazas que hacían temer a los habitantes por sus trabajos, por sus casas o por el futuro de sus hijos. En casa no era distinto, su familia, todas mujeres, no tenía ni voz ni voto y se hacía lo que él dictara.
Nací el veinte de noviembre del setenta y cinco, el mismo día que murió el dictador, y me pusieron de nombre María por mi abuela paterna. Cuentan que papá lloró aquel día pero que sus lágrimas no fueron de alegría por haber tenido a una hija, sino de amargura por la muerte de su caudillo y por no poder tener un hijo. Mamá tuvo problemas en el parto que le impidieron tener más hijos. A partir de entonces, él se dedicó a tener amantes y ella a sus rezos.
A Carmen y a mí nos crió Josefina, la señora a la que eternamente querré y la única que nos dio el poco cariño que recibimos en aquel hogar, un cariño sincero a pesar de haber tenido que dejar a sus hijos con su madre para criar a otros ajenos.
La convivencia con papá y mamá no fue fácil para ninguna de nosotras. Cuando papá estaba en casa, teníamos orden de estar en nuestras habitaciones sin hacer ruido para no molestarle y con mamá, tres cuantos de lo mismo, nunca nos quiso y siempre le molestó nuestra presencia, no soportaba el ruido que hacíamos las niñas y nos mandaba a nuestros cuartos o le pedía a Josefina que nos sacara de paseo. Ella sólo estaba pendiente de los trajes de su marido y de dar órdenes al servicio sobre la limpieza o la comida que había que preparar.
Mamá sentía un especial desprecio hacia mí que no ejercía hacia Carmen, se podía pasar semanas sin hablarme y, cuando lo hacía, se dirigía a mí en un tono de indiferencia. Nunca lo dijo pero ella, me culpó toda la vida de haberle impedido tener más hijos y es algo que nunca entenderé. Tuve la desgracia de nacer con ese pecado original y ningún sacramento existente pudo borrarlo y otorgarme el perdón de mi madre. Es una de esas circunstancias de la vida que te marca por injusta, ¿qué culpa tuve yo de su desgracia?, ¿dónde está mi intencionalidad en este hecho para que se me culpe por ello?. Es el absurdo de la vida.
No recuerdo un beso de mamá. No, busco en mi memoria y no encuentro el detalle de un beso de mi madre.
Lo mejor de mi infancia fue el colegio, me encantaba ir al colegio. Tuve de maestra a la señorita Ángela, a la que guardo un grato cariño, una mujer muy cursi pero también muy comprensiva, que me dio la libertad para opinar y el respeto a ser escuchada, valores que no existían en casa. Fui una buena estudiante y aprendí mucho con ella, aún recuerdo casi todo lo que me enseñó. Después, a la salida de clase, sobre todo los días largos de primavera que me hacían sentir libre, tenía la tarde por delante para jugar.
Lo peor fueron los encierros en mi cuarto, duros para una niña inquieta como yo. Horas y hora de aislamiento, sin poder jugar ni hacer ruido. A menudo me llevaba a Rocky conmigo a la habitación para que me hiciera compañía. Rocky fue el mejor perro que tuve, siempre que podíamos estábamos juntos, fuimos cómplices de muchas travesuras y nuestro cariño fue mutuo.
A parte de estudiar, que se me daba bien, dediqué mucho tiempo de mi confinamiento a leer y a dar rienda suelta a la imaginación. En el despacho de papá había una pequeña biblioteca que perteneció al bisabuelo y que yo hice mía porque en casa, nadie más leía. A mamá solo la recuerdo con el misal entre sus manos y a papá jamás le vi con un libro, decía que lo que había que aprender no estaba en los libros sino en la calle. No había mucho que leer, a parte de un montón de tratados y manuales sobre agricultura y ganadería, había algunos clásicos, sobre todo de  literatura española. Con once o doce años leí a Cervantes, Quevedo, Bécquer…lectura tal vez difícil para esa edad pero que con el tiempo, me ha servido para entender la vida. Nunca he dejado de leer porque, al contrario de lo que pensaba mi padre, en los libros está la sabiduría necesaria para entender la vida.
A veces, cuando el aburrimiento podía conmigo, iba a la habitación de Carmen para hablar con ella. Carmen es dos años mayor que yo y, aunque tuvimos nuestras diferencias, nos llevábamos bien. Desde pequeñas supimos que era mejor ser aliadas que enemigas. Con el tiempo aprendimos que, no faltando a los eventos obligatorios de casa como la cena, ir a misa, estar cuando había visita o acudir a algún acto político de papá que requería nuestra presencia, el resto del tiempo podíamos hacer lo que nos diera la gana, incluso escaparnos sin que se enteraran, como no hacíamos ruido, no subían a nuestras habitaciones. Era así de simple y así de triste.
La única que intentaba poner orden en nosotras era la pobre Josefina, que sufría porque no la obedecíamos y siempre temía que nos pasara algo. Recuerdo perfectamente su voz aguda cuando intentaba evitar mis escapadas.
   Josefina, estoy harta de estar encerrada en mi cuarto, me voy a dar una vuelta en bici. Me llevo a Rocky.
   A dónde iras a las cuatro de la tarde con el calor que hace. Anda, ten cuidado y no te alejes mucho, como se entere tu padre estamos apañadas.
No seguí el mundo de muñecas de mi hermana y desde pequeña preferí practicar el deporte. Me gustaba jugar a baloncesto, a tenis, montar en bici, nadar en verano…, de todo un poco, lo que me daba libertad para salir de casa con frecuencia, con la excusa de un entrenamiento o algún partido.
Y, más o menos así, sin querer recordar más en detalle, pasaron mis primeros años de vida. Dicen que la infancia es la etapa más importante de la vida, la que marca tu felicidad. Mi infancia pasó entre la escuela y mi casa, llena de claroscuros de libertad y cariño.

Después de que los demás recuerdos de mi infancia familiar se han ido retirando de escena y, según el orden que he establecido en este auto-dialogo, ha llegado el momento de dejar paso a mis recuerdos más queridos, a los que han estado presentes toda mi vida, a los recuerdos de Irene. He pensado tanto y tantas veces en ella que su recuerdo fluye con facilidad. Además, va a ser imposible mantener el orden con ella, su recuerdo aparecerá a lo largo de este recorrido cuando ella quiera, como ha hecho siempre.
Irene me gustó desde que tuve uso de razón. Era la mejor amiga de Carmen desde pequeña y venía a casa con frecuencia para estudiar juntas. Papá la aceptaba porque era la hija del médico del pueblo, si hubiese sido la hija del panadero no hubiera pisado la casa, ni permitido que fuesen amigas.
Irene es de la edad de Carmen y, aunque yo era la hermana menor de su amiga, nos llevábamos bien y hablábamos de muchas cosas, a pesar de la diferencia de edad que existía en esos años de infancia.
Muchas veces, cuando sabía que Carmen y ella estaban estudiando, iba a su habitación a charlar con ellas un rato, hasta que me echaban porque no las dejaba estudiar. Siempre intentaba contarles alguna tontería que las hiciera reír, sobre todo a Irene, que se le humedecían los ojos cuando reía y brillaban para mí.
Tendría yo unos trece años cuando papá nos obligó a salir juntas a las dos hermanas porque no se fiaba de Carmen, que ya salía en pandilla con sus amigas y estaba en la edad del tonteo con los chicos. No tuvimos más remedio que aceptar porque era eso o nada. A mí me cortaba todo el rollo tener que ir con Carmen y sus amigas de paseo al parque, donde quedaban o intentaban quedar con los chicos. Pero en el fondo, he de reconocer que me gustaba ir con ellas, sobre todo porque podía estar con Irene, la chica de mis sueños secretos. Era tan bonita y su sonrisa era tan dulce que me quedaba embobada mirándola y creo que ella, algo sospechaba de mis sentimientos.
Las conversaciones que tenían entre las amigas eran un auténtico coñazo, que si fulanito me ha mirado, que si menganito me ha dicho que estoy muy buena…A mí me aburrían soberanamente sus temas así que me alejaba de ellas, me juntaba con otros chicos en el parque o me iba a pasear, sin alejarme mucho porque tenía que estar atenta a la llamada de retirada de Carmen.
Una de esas veces que me había alejado de ellas y andaba deambulando por ahí con un tirachinas que conseguí de mi vecino a cambio de algún juguete, entretenida tirando a botes o a dianas imaginarias, nunca a animales, porque una vez maté a un pajarito y me sentí fatal. El caso es que, de pronto, oí voces que provenían del grupo de las chicas y al acercarme, vi que unos chicos mayores, con ademanes chulescos, se metían con ellas. Me escondí tras un árbol cercano y, cuando la situación se estaba poniendo tensa, les empecé a disparar intentando darles en el culo y en las piernas. Había recogido bastantes piedras y, como tenía soltura con el tirachinas, disparé con tanta rapidez y precisión que salieron huyendo de allí como alma que se la lleva el diablo.
Aquella acción me hizo ganar muchos puntos con mi hermana y sus amigas y, sobre todo, con Irene que desde entonces me miró con otros ojos, con otro sentimiento. Las había salvado de las garras de unos feriantes macarras y eso hizo que dejaran de tratarme como a una mocosa. Ya no les molestaba mi presencia cuando los chicos se acercaban a ligar o que escuchara las conversaciones que antes evitaban cuando estaba presente. De todas formas, a mí me seguían aburriendo mucho y en cuanto podía me largaba, me divertía mucho más lo que me podía encontrar por ahí.
Poco después de aquello, un día que me encontraba en mi habitación con la puerta abierta, se asomó Irene a saludarme, era la primera vez que lo hacía, nunca se había acercado a mi habitación hasta ese momento. Recuerdo perfectamente esa conversación porque es uno de esos momentos que tengo grabado en mi corazón.
   Ayer te perdiste a Marga totalmente borracha, gritando a los cuatro vientos su amor por uno que conoció hace tres días. La verdad es que esta chica tiene pocas luces y no sabe dónde se está metiendo con ese tío tan mayor. En fin, el amor es ciego.
   Si he de ser sincera, no me importa habérmelo perdido, para un día que pasa algo “interesante” hay cincuenta que no ocurre nada. Así que, no me importa habérmelo perdido si también me pierdo los otros cincuenta.
   La verdad es que tu hermana tiene razón cuando dice que eres una seca. Me gustaría saber qué es lo que te divierte a ti, seguro que no es tan divertido.
   Anda ven aquí y déjate de monsergas, que te pareces a mis padres. Ven y ayúdame a elegir un cuadro para la exposición del colegio, tengo tres y no sé cuál elegir.
   ¿Tú has pintado estos cuadros? Son geniales, no sabía que fueras una artista. De verdad, me gustan muchos pero si tengo que elegir, creo que el azul es el más bonito.
Me miraba con incredulidad, maravillada de descubrir mi faceta artística, mi sensibilidad escondida. De pronto, me encontré cerca de su cara, de sus labios, y un impulso me hizo besarla. En un principio, ella correspondió a mi beso pero luego, me apartó de su lado y se alejó diciendo que no debíamos de hacer eso, que no estaba bien.
Después de aquel beso, nuestra relación se enfrió un poco, siguió saludándome con naturalidad pero evitaba cualquier conversación conmigo, aunque sé que me miraba cuando yo estaba distraída. Estuvimos distanciadas un tiempo que para mí fue eterno.
Recuerdo que un día, me armé de valor y le escribí una carta que le entregué en mano una de esas veces que iba a casa a estudiar con Carmen. En esa carta le pedía perdón por aquel beso, no me arrepentía de él pero entendía que a ella no le gustara. Le conté que no podía soportar que no me hablara, que me ignorara, y le pedía que me perdonara y que volviera a ser amiga mía, como antes de haber metido la pata con aquel deseado beso.
No sé si fue la carta o qué pero el caso es que, después de aquel tiempo de silencio, fue ella la que me cogió de la mano por primera vez en el coche, un día que su madre nos llevaba al colegio. Íbamos en el asiento de atrás, Carmen, ella y yo, que intentaba sentarme siempre a su lado, para que su cuerpo tocara el mío. Cuando entrelazó sus dedos con los míos, recuerdo que mi cuerpo se estremeció como jamás lo ha vuelto a hacer.
Fue ella la que me pidió que la volviera a besar como la primera vez, una noche de San Juan, alejadas de las hogueras para que nadie nos viera. Aquel beso fue el más bonito que recuerdo, el más autentico de los besos que he dado en mi vida porque en él, iba impreso todo mi amor oculto hacia ella de tantos años. Aún me persigue ese beso.
Después de aquel beso, vinieron muchos más, siempre ocultos, siempre cómplices.
Excepto en verano, que Irene se iba con su familia a la playa todo el mes de agosto y no la volvía a ver hasta el comienzo del colegio, ausencia que me volvía loca por la eterna espera, nos veíamos a menudo, cuando iba a casa o en el parque, cuando me tocaba acompañar a Carmen por imposición paterna pero siempre, había gente delante lo que hacía que disimuláramos nuestros sentimientos.
Los primeros encuentros fueron cortos y furtivos, casi siempre en mi habitación, cuando se acercaba a saludarme y, tras cerrar la puerta, nos besábamos para luego marcharse a estudiar con Carmen.
Irene al principio no lo tuvo muy claro, no sabía si le atraía o le asustaba nuestra oculta relación, estaba llena de temores que yo compartía aunque mi inconsciencia no los valoraba como ella. Lo que yo sentía era incontrolable, me daba todo igual a parte de ella. Irene era un halo de felicidad en mi vida, ya no me importaba no recibir muestras de cariño de mis padres, la tenía a ella y era feliz.
Tuve que ir poco a poco con ella y no fue fácil convencerla para que quedara conmigo en algún lugar a solas. Yo quería estar con ella, conocerla y saberlo todo de ella, quería estar en su vida y que ella formara parte de la mía. Me costó que aceptara pero al final lo conseguí. Mintió a sus padres y les dijo que se había apuntado a jugar a baloncesto y que los entrenamientos eran los sábados por la tarde así que, teníamos toda la tarde del sábado para nosotras, hasta las nueve y media, hora de regresar a casa.
Los sábados eran días especiales para mí, saber que aquella tarde iba a estar con ella hacía que estuviera de buen humor desde por la mañana temprano.
Quedábamos a las cinco, la hora más feliz para mí en aquella época, lo digo porque después, con el tiempo, se convirtió en la hora más triste del día pero eso, ya saldrá más adelante.
Nuestro amor clandestino tenía dos lugares de encuentro. La mayoría de las veces, sobre todo en invierno, quedábamos en la casa abandonada de la señora Luisa, que había muerto hacía unos años, de la que teníamos una llave que conseguimos la primera vez que entramos por una pequeña ventana.
El otro lugar que frecuentábamos cuando empezaba el buen tiempo era un pequeño claro del bosque, escondido a la vista de los demás, bajo la sombra de una preciosa y longeva encina. Como en el árbol de la ociosidad de Durrell, aquél que con su sombra incapacitaba a la gente para todo trabajo serio, nos pasábamos las tardes tumbadas, haciendo planes y dejando correr la imaginación, sobre todo yo, que siempre tuve mucha inventiva.
Espero que aquel corazón con nuestras iniciales, que tallamos en la vieja encina, siga allí, cicatrizado en su corteza, perpetuando nuestro amor.
Nos gustaba ir al árbol pero, aun llevándonos a Rocky para que nos avisara si alguien se acercaba, no lo frecuentábamos mucho por miedo a ser descubiertas, nos sentíamos más seguras en la casa.
La casa fue el escondite perfecto para nuestros juegos prohibidos, nadie nos molestó ni nunca supieron de nuestros encuentros, aquel jardín abandonado emboscaba nuestro escondite. La casa estaba totalmente amueblada e incluso las camas estaban hechas, con sus sábanas de hilo ya amarillento y sus colchas estiradas. No quisimos profanar el lecho de la difunta y nos instalamos en una de las habitaciones que debió pertenecer a uno de los hijos. Allí construimos nuestro nido de amor, iluminado con velas y rodeado de latas de coca cola y patatas fritas.
Las horas que pasamos en esa casa son horas que nunca olvidaré.
Al principio fue todo un juego, un amor pueril e inocente, donde nos divertíamos contándonos tonterías o preocupaciones, donde sólo hubo caricias y besos. Con el tiempo y la confianza nos fuimos entregando más y más la una a la otra, provocando que nuestras caricias nos proporcionaran un placer no sentido antes.
Irene tenía una prima mayor que ella que le contaba sus aventuras sexuales con su novio y ella después, me las contaba a mí. Fue ella la que me habló de la masturbación, de cómo acariciarnos para excitar nuestros cuerpos y de cómo palpar nuestros sexos para darnos placer. Y fue entonces, cuando perdimos la inocencia.
En nuestro último año de relación conocimos el sexo en su plenitud, nos amábamos sin aquellos primeros miedos, sin pudor, con total entrega, ahondando en cada uno de los recovecos de nuestros cuerpos, eso sí, con torpeza, algo que supe con los años, lo que no quita que siga recordándolo como el mejor sexo que haya tenido, porque fue con ella.
Las cuatro horas, entre aquellas cuatro paredes de esa cuadrada casa, daban para mucho aún sabiendo de su dolorosa despedida. Después de amarnos, que era lo primero que hacíamos nada más vernos, nos quedábamos abrazadas, desnudas, besándonos y hablando de lo que queríamos ser y de nuestro futuro juntas.
Ella quería ser médico como su padre y yo, no quería ser como mi padre, ni por asomo. Aparte de eso, yo quería estudiar veterinaria, me encantaban los animales y quería curarles, ser su salvadora. No hay mayor entrega que la de un animal agradecido.
Teníamos planeado encontrarnos en la universidad y estar juntas durante la carrera y después, buscarnos la vida lejos del pueblo para no tener que escondernos más. Las ilusiones de esas edades.
Una de mis armas para mantener vivo nuestro amor era las historias que le contaba a Irene. Tantas horas de encierro en mi habitación hicieron crecer mi imaginación y me concedieron la facilidad de inventar cuentos, la mayoría de ellos basados en los libros que me había leído.
Era ella la que elegía el momento de la historia, apoyaba su cabeza en mi regazo y con ese gesto me invitaba a que continuara con el relato, que yo le contaba mientras le acariciaba el pelo.
Como Sherezade en las mil y una noches, le contaba las historias por capítulos, cada vez uno, y procuraba que terminasen con un interrogante que dejara a Irene con la intriga, lo que provocaba sus súplicas para que continuara. Me encantaba ese momento, cuando intentaba seducirme con su mejor arma, sus besos.
   Si me cuentas el siguiente, te daré mil besos a cambio…
Lo que daría yo ahora por uno solo de esos mil besos.
Inventé muchas historias para ella. Le encantaban mis historias. Me acuerdo de una basada en Doña Luisa, la propietaria de la casa de nuestros encuentros, ambientada en una sociedad de penurias y barro al estilo de Dickens, que me salió redonda. Aquel culebrón duró todo un invierno y fue una de las historias que más le gustó.


He detenido mi monólogo interior durante un buen rato porque el autobús ha parado en un área de descanso y he aprovechado para bajar a hacer pis y de paso, comprar una botellita de agua y algo de comer en la ruidosa cafetería. Nada más arrancar el autobús, y sin darme tregua, se ha asomado el recuerdo que contiene el porqué de mi marcha para decirme que es el siguiente.
Tengo tan presente las escenas que sucedieron, las palabras que se dijeron, que recuerdo aquel episodio de mi vida como si hubiera ocurrido ayer, aunque hayan pasado más de veinte años.
Todo comenzó el día anterior a mi marcha, estando en mi habitación estudiando o haciendo que estudiaba, sonaron dos toques en la puerta, que se abrió lo suficiente para que Irene asomara su cara.
   Dónde te metes, hace días que no nos vemos ¿Te pasa algo?
   Nada, solo que el otro día me enteré de que tienes novio y prefiero ahorrarme el espectáculo.
Entró en la habitación y cerró la puerta, se acercó y quiso tocarme pero aparté su mano.
   María, no seas así conmigo, déjame explicártelo. Sabes que te quiero y que es contigo con quien quiero estar, pero es todo tan complicado.
No quería ni mirarla, no quería explicaciones de nada, con el solo hecho de querer darme explicaciones ya estaba afirmando que era cierto.
Se sentó a mi lado y me cogió de las manos para intentar explicarme su absurda teoría sobre cómo evitar el “qué dirán”.
   María, mírame. Es verdad que tengo novio, desde hace una semana salgo con Gustavo el hijo del farmacéutico, ya sabes que siempre ha estado colado por mí. Sí, ya sé que sabes que no me gusta pero salgo con él por varias razones, porque ya tengo casi dieciocho años y porque todas mis amigas tienen novio menos yo. Ya empezaba a ser el comentario del pueblo, de mis amigas, de las amigas de mi madre y, sobre todo, de mi madre, que no paraba de echarme en cara que tu hermana Carmen ya tenía novio y que yo a mi edad aún seguía en el país de “Nunca Jamás”.
   Hace una semana, o sea, que el sábado pasado ya estabas con él y no me dijiste nada. Muy bonito.
   No tuve el valor de decírtelo, sé que no me ibas a entender, y no quise estropear nuestra tarde.
No podía disimular mi enfado, me cabreaba que estuviera con él y no conmigo, me repateaba que el motivo de salir con un tío fuese poder decírselo a la gente mientras que lo nuestro, había que ocultarlo. Y sobre todo, me dolía haberme enterado por los demás y no por ella.
   Por favor María, no te quedes callada. Mírame, dime algo.
   Aún tienes diecisiete años y a esa edad, no es obligatorio tener novio, ni a esa edad ni a ninguna. Pero tú eliges y tú sabrás lo que haces. Eso sí, no cuentes conmigo, no quiero ser cómplice de tus patrañas. No es bueno ni para ti, ni para mí, ni para el infeliz de Gustavo.
   No me gusta lo que estoy haciendo pero no tengo más remedio, es lo que esperan de mí. Entiéndeme, me veo obligada a ello. Quiero que sepas que él no significa nada para mí, que es a ti a quien quiero y sólo a ti, María.
Por favor, queda conmigo mañana por la tarde en el mirador del monte, así podremos hablar tranquilamente en el árbol.
   A escondidas, claro, incluso habrá que ocultarse más que antes, como ya tienes novio oficial para enseñar, no sería correcto que te vieran ahora conmigo.
   María, aunque no estuviera con él, no podríamos mostrarnos a los demás, lo que hacemos no está bien, recuerda que es “lo prohibido”.
   Para nosotras lo que hacemos sí está bien y es lo que queremos, que es “lo prohibido” lo dicen los demás.
   Sabes que no es tan fácil como dices.
Me tengo que ir porque tu hermana me está esperando, estamos estudiando para el examen de mañana.
Por favor, queda conmigo mañana a las cinco. No faltes, recuerda que te estaré esperando.
Después de aquella conversación, mi enfado era mayúsculo, no quería que pasara lo que estaba pasando, no soportaba que estuviera con él, que le besara, que hicieran planes juntos, aunque fuera todo mentira. En ese momento la odié con toda mi alma, me dolía el chantaje emocional que me estaba haciendo para que tragara con lo intragable, “perdóname pero no tengo mas remedio, te jodo porque te quiero”. Y una, qué podía hacer ante eso si sólo tenía dos opciones, aceptar o aceptar, no había otra.
La tarde de la cita subí al mirador en bicicleta, había llovido mucho la noche anterior y el campo tenía ese fresco olor que da la lluvia. Entre que mi enfado aún persistía y que el olor a tierra mojada me provocaba placidez, subí despacio, disfrutando del paisaje y con el propósito de hacer esperar a Irene.
   Llegas veinte minutos tarde, me iba a ir porque pensé que me habías dado plantón.
   No creas que no lo pensé, pero aquí estoy, ¿no?
   Ya es tarde para ir al árbol, anochecerá dentro de poco. Además, me he quedado helada esperándote.
Mientras se ponía el abrigo que le ofrecí para que entrara en calor, ella intentó de nuevo explicarme sus motivos que seguían sin convencerme pero, el gesto de oler profundamente el cuello de mi abrigo y luego mirarme a los ojos para transmitirme su amor, me desarmó por completo y no pude mantener mi actitud de enfado, y me rendí, la abracé y me puse a llorar.
   Mi amor, esto sólo es por un tiempo. Ya sabes que me iré el año que viene a estudiar medicina a la universidad y solo vendré por aquí en vacaciones y por navidades. Te juro que dejaré a Gustavo. No estoy enamorada de él, estoy enamorada de ti.
   Sé que te irás después del verano, pero no contaba con que me quitarías el tiempo que me queda para estar contigo hasta tu marcha.
   No es así, tal vez nos veamos un poco menos pero no quiero dejar de verte. Todo seguirá como hasta ahora, lo único es que oirás hablar de mí y de mi novio, pero sabrás que todo es mentira y que durará poco.
Me besó y, como siempre, sus besos me anularon por completo la voluntad. Aún añoro sus besos, tan cálidos y carnosos que hacían que mi cuerpo se estremeciera. Tal vez los tenga idealizados porque los he buscado en otras mujeres sin encontrarlos.
   Irene, no entiendo tu necesidad de tener novio sin quererlo y me duele tu decisión pero la acepto porque no quiero perderte.
   Sabes que eso no va a ocurrir. Todo sigue en pie, nuestros planes no han cambiado por esto. Solo tenemos que esperar a que vayas a la universidad, donde yo te estaré esperando.
Esta vez la besé yo totalmente entregada, totalmente enamorada, con todo el amor que se puede sentir a los dieciséis años. Pero ese beso duró un instante, terminó justo en el momento en que un coche pasó por delante de nosotras, el ruido me hizo abrir los ojos para ver como mi padre me miraba desde el asiento delantero del coche con ojos de pavor, al igual que el párroco, que iba en el asiento trasero. Dejé de besar a Irene y, cuando ella quiso mirar, sujeté su cabeza contra mi hombro para evitar que le vieran la cara y la reconocieran. Me quedé por unos segundos paralizada, sintiendo cómo todo mi mundo se venía abajo.
   Deprisa, vámonos de aquí. La hemos cagado pero bien. Acaban de pasar mi padre, el cura y dos más en un coche, camino de la ermita. Me han visto de lleno, no voy a poder negarlo. No sé cómo voy a salir de esta.
   Joder María, qué hemos hecho, somos idiotas al estar tan expuestas. Por dios, mis padres no pueden enterarse, me matarían. No quiero pensar lo que me puede pasar si tu padre se lo cuenta a los míos.
   No te preocupes, a ti no te han visto, no he dejado que te vieran. Además, mi abrigo te ha camuflado y no te han podido reconocer. A mí me han visto la cara, a ti no.
   No puedes decírselo a tu padre, no puedes decirle que era yo. ¡Júramelo, María!
   No diré nada, sabes que no lo haré. Si se sabe algo es porque tú lo habrás dicho, no yo. No te pongas esta ropa durante algún tiempo por si se han fijado en tus pantalones o en tus zapatillas. Ve por casa como si no supieras nada, compórtate como siempre y no te pasará nada. Y cruza los dedos por mí.
   Dios mío María, qué te va a pasar, me moriré si no puedo verte más.
Y así fue, no nos volvimos a ver, aunque ella no murió por ello.
Volví a casa tarde porque el miedo me impedía enfrentarme a lo que me esperaba y estuve deambulando con la bici hasta que la noche y el frío me obligaron a ir al patíbulo. Nada más entrar, papá me recibió con un bofetón que me volteó la cabeza y las lágrimas saltaron de mis ojos. Lo primero que me preguntó fue,
   ¿Quién era la depravada que estaba contigo?
   Que más da, no la conoces.
   Eres lo peor, eres una enferma. Me das asco.
   Papá, no estaba haciendo nada malo, la quiero, ¿qué malo hay en ello?
   Yo te voy a decir lo que es bueno y lo que es malo. Sube a tu habitación y haz las maletas. Mañana por la mañana sales de aquí, te vas interna al colegio de tu tía Isabel. No quiero volver a saber nada de ti en lo que me resta de vida. Tendrás pagados los estudios, pero nada más. No quiero que vuelvas a pisar esta casa, no eres digna de ello.
Se oía de fondo el llanto de Carmen, que intentó intervenir sin éxito porque papá la apartó de un manotazo diciéndole que no se metiera si no quería recibir también lo suyo. Yo me aferré a mamá suplicándole ayuda pero ella, se limitó a levantar los brazos para no tocarme y no abrió la boca ni hizo nada para impedirlo.
Estando en mi habitación llorando y haciendo la maleta con Josefina, entró Carmen y le pidió que nos dejara a solas un momento.
   ¿María, qué has hecho? ¿Cómo se te ocurre besarte con una chica a la vista de los demás, de papá?
   Joder Carmen, ha sido un fallo, cómo me podía imaginar que papá iba a pasar por allí en ese momento. La cagué y ahora lo tengo que pagar, y me muero de sólo pensarlo.
   ¿Con quién estabas?
   Que más da, no la conoces y es mejor que no sepas nada.
Carmen me contó que papá llegó a casa hecho un basilisco diciendo que me mataría, que la vergüenza que le había hecho pasar no me la iba a perdonar en la vida. Tuvimos la mala suerte de que, en la noche anterior durante la tormenta, un rayo quemara parte del tejado de la ermita. Por eso, mi tirano padre el alcalde y el párroco subían esa tarde por el monte cuando se cruzaron con nosotras, en el mismo instante en que yo besaba de manera apasionada a la mujer de mi vida por última vez, en el instante en que mi destino se cruzó con Pedro Páramo y el padre Rentería para virar el rumbo de mi vida.
Y aquí terminó esta historia inconclusa de un amor inacabado lo que provocó que, aún no estando ya juntas, la historia continuara en mi imaginación y en mi corazón. Aunque ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas.
Irene fue mi primer amor, un amor de infancia y adolescencia que duró tres años de clandestinidad hasta ser descubierto, desde el primer beso a los trece años, hasta el último beso a los dieciséis. Después, vinieron otros amores pero ninguno trastocó mi ser como aquel primero. Mi amor por Irene aún perdura.
Al día siguiente de aquello, mi vida cambió radicalmente, dio un giro de ciento ochenta grados hacia la fatalidad y entró en una pesadilla que duró tres duros y largos años.


No me gustaría recordar los años que pasé en el internado con detalle, fue una época de mi vida oscura y llena de tormentos que no deseo rehacerla en el pensamiento. Espero que recordando algo de aquello, lo menos doloroso, los demás recuerdos de esa época se conformen y vuelvan a su lugar, del que espero no salgan más.
Durante los años de internado me dediqué a lo único que me dejaron hacer, estudiar. Mi vida fue una pesadilla cíclica convertida en rutina. Por la mañana a primera hora, misa, después clases hasta la hora de comer, después más clases hasta las seis, rezar el rosario más dos horas de estudio hasta la cena. Después de cenar y cumplir con los rezos nocturnos, me iba a dormir para volver a empezar. Los fines de semana, en ausencia de las clases, limpiaba mi habitación y tenía algo de tiempo libre para leer o pasear por el patio del internado.
En mi celda, donde se apagaban las luces a las nueve y media, lloré todas y cada una de las noches que conformaron mi condena. Al principio era un llanto angustiado y doloroso provocado por el desamparo que sentía y que, poco a poco, conseguía calmar pensando en Irene, hasta convertir aquella congoja en un llanto suave para no estorbar a la memoria. Cada noche, al igual que me inventé historias para ella, me contaba un nuevo capítulo de nuestro amor, lleno de besos y cosas bonitas, hasta que me quedaba dormida. De esa forma, Irene se fue convirtiendo en fantasía.
No hice amistad con ninguna de mis compañeras a excepción de Lucía, que me ayudó un poco a superar aquel suplicio. Esta chica fue la única persona amable que recuerdo del internado, no era interna y tenía la suerte de volver a su casa después de las clases. Gracias a ello, me proporcionaba libros de su madre, casi todos novelas de amor, que me servían para evadirme. Los libros fueron mis mejores aliados, me dieron fuerzas para aguantar y me enseñaron que no había que conformarse con una vida impuesta y desperdiciada, que había que luchar para vivir o morir en el intento, como Madame Bovary y no como mi madre, Doña Carmen.
Algunos fines de semana, cuando la tía Isabel iba a casa de los abuelos, me llevaba con ella. El abuelo no me hablaba pero permitía que entrara en su casa y que estuviera con la abuela.
Aquellos días con la abuela me daban la vida. Era una mujer bondadosa que se ocupaba de que estuviera bien y de que no me faltara de nada. Yo evitaba cruzarme con el abuelo y me quedaba con ella en la cocina aprendiendo a cocinar y escuchando sus historias. Allí fue donde descubrí que, además del nombre, había heredado de ella la imaginación.
La abuela hizo de mensajera entre Carmen y yo, y cuando la tía no estaba presente, me entregaba la carta que le había dejado para mi y yo le daba la mía.
Por aquellas cartas me enteraba de la situación en casa y de Irene, que casi siempre me mandaba recuerdos. Yo no preguntaba por ella porque nadie debía saber lo nuestro y no quería levantar sospechas pero, lo primero que hacía cuando recibía una carta era buscar su nombre para saber de ella. Sé que Irene y Carmen siguieron siendo muy buenas amigas, aunque se distanciaron un poco cuando se fueron a estudiar a distintas universidades lo que provocó que, con el tiempo, las cartas de Carmen dejaran de hablar de ella.
En el último año del internado, cuando ya por fin se acercaba el final y solo faltaban por tachar en el calendario los últimos días de mi condena, había aprobado el curso y solo me quedaba superar la selectividad, estaba asustada porque no sabía qué iba a ser de mí a partir de ese momento. Tuve la falsa esperanza de que papá me fuera a perdonar. Recuerdo que lo hablé con la abuela.
   Abuela, me falta poco para terminar el suplicio del internado y me gustaría seguir estudiando en la universidad. Te pido que hables con papá, tú eres la única que puede convencerle.
   Tu padre no da opción, dice que solo dará dinero si te metes a monja o te casas.
   Se ha vuelto loco abuela, de ninguna manera me voy a casar con el que él me dicte ni tampoco quiero ser monja, son todas unas arpías y la tía Isabel, no se salva. No, no quiero lo que me ofrece mi padre y además, soy mayor de edad y no puede obligarme. Prefiero ser yo la que decida mi vida, aunque no pueda seguir estudiando.
En ese momento, la abuela María me contó la historia del tío Luís, que tuvo que irse de casa porque el abuelo le echó al enterarse de que era homosexual, lo mismo que me había pasado a mí. Hasta ese día, nunca había sabido el motivo de la desaparición del hermano de papá, fue un tema tabú en la familia que no se podía mencionar. Me dijo que vivía en Málaga y que ella seguía teniendo contacto con él a escondidas del abuelo, se llamaban por teléfono de vez en cuando y se veían cuando el tío venía a la capital. Recuerdo que me dijo,
   Ve con él, es el único que puede ayudarte.
El último día que estuve con la abuela, me despedí de ella y le entregué una carta para Carmen, donde le explicaba la situación y que no sabía si podría seguir en contacto con ella. Aquel día besé a la abuela por última vez.
Mis sentimientos en ese momento eran contradictorios, por un lado estaba contenta por librarme del yugo paterno pero por otro lado, me dolía no poder seguir estudiando e ir a la universidad para encontrarme con Irene, que era mi sueño labrado durante todos esos años. Con estos ánimos, partí hacia la vida con un billete de autobús, una mochilla casi vacía y el poco dinero que me dio la abuela.
Y en este punto, he de dar por cerrado el primer volumen del archivo de mi memoria porque, a partir de ese momento, fueron mis aciertos y mis errores los que guiaron mi destino.


Recuerdo muy bien mi llegada a Málaga, a la casa de mi tío desconocido. El tío Luís me estaba esperando, había hablado con la abuela y sabía de mi llegada. Me presentó a su pareja, Albert, y me enseñó la habitación que había preparado para mí. Aquella habitación ha sido la más bonita y luminosa que he tenido. Le agradecí lo que estaba haciendo por mí y le dije que me iría pronto, en cuanto encontrara un trabajo y tuviera algo de dinero para buscarme la vida. Recuerdo su respuesta.
   No tienes que irte si no quieres. No tengas prisa, la casa es grande y podemos vivir todos juntos muy bien.
Hacía más de veinte años que el tío Luís se alejó de la familia, fue cuando, al volver del servicio militar, le contó a su padre su condición sexual y el abuelo, le echó de casa y le desheredó.
Estuvo viviendo unos años en Barcelona, después se buscó la vida como maître en la Costa Azul y desde hacía diez años, vivía en la Costa del Sol donde era propietario de un bar gay. Llevaba tiempo con el negocio y le funcionaba muy bien, era uno de los bares de ambiente más concurrido, lo que le permitía vivir sin dificultades. Tenía una casa muy bonita, con jardín y piscina, donde hacía unas fiestas muy divertidas.
Albert y él llevaban juntos muchos años y se les veía felices. Los dos me ayudaron mucho y me ensañaron a ver la vida que había tenido oculta durante tantos años. Lo primero que hicieron fue cambiar mi estilo monjil de vestir, Albert me llevó de tiendas y me asesoró a la hora de comprar la ropa o los zapatos. Era divertido y le encantaba ir de compras.
A través del tío Luís, que tenía muchos contactos, conseguí trabajo en una inmobiliaria, lo que me permitió tener dinero por primera vez. También me apunté a una academia para aprender más inglés del que sabía de mis años de estudiante porque tenía planeado irme a Londres. Ya que no pude seguir estudiando, tenía la intención de irme a Inglaterra a aprender el idioma perfectamente, pensaba que me vendría bien para ganarme la vida.
El hecho de que Albert fuese inglés me ayudó mucho y frecuentemente conversábamos en su idioma, lo que me dio bastante soltura a la hora de hablarlo.
Estuve un año largo viviendo con ellos y fue mi liberación. En ese tiempo de sol y sal, comprendí que la vida me ofrecía la oportunidad de conocer otros mundos más luminosos al vivido hasta entonces.
En esa época fue cuando conocí a Martín, la persona más importante de mi vida a partir de ese momento, el que estuvo a mi lado cuando lo necesité, el que me acompañó en mi aventurada y desventurada vida.
Le conocí a través del tío Luís, trabajaba de camarero en el bar y a veces, pasaba por la casa para hablar con él. Era simpático, vitalista, optimista, divertido y desde el principio hubo conexión entre nosotros. Nos hicimos amigos y empecé a salir con él de marcha, a conocer gente y a vivir la noche. Muchas tardes, antes de que él entrara a trabajar, paseábamos por la orilla del mar, decía que esos paseos le venían  bien para sus piernas doloridas de tantas horas de pie en la barra del bar. Durante esos paseos nos contamos nuestras vidas y nuestros planes y allí fue, donde nació nuestra profunda y gran amistad.
Martín era unos años mayor que yo y no tuvo una infancia mejor que la mía, sus padres murieron cuando él era un niño y fue criado por su abuela. Desde pequeño supo que era gay, lo que le trajo problemas en el colegio y en el pueblo. Cuando murió su abuela se largó de allí y desde los diecisiete años se buscó la vida.
Me encantaba hacer planes con él, era tan vitalista y lo veía todo tan fácil, que decidimos irnos a recorrer mundo y buscarnos la vida allá donde nos recibieran. Yo le conté mis planes sobre Londres y le gustó la idea, era el lugar idóneo para empezar. Desde ese momento comenzamos a tramar nuestro plan, urdido en los largos paseos por la playa.
Fue en ese tiempo cuando tuve mi primera relación visible con una mujer, quince años mayor que yo y amiga de Martín. Después de Irene, no había tenido otra relación y llevaba tanto tiempo sin besar, que lo necesitaba. Se llamaba Marlene y Martín, me avisó de que tuviera cuidado con ella porque tenía un problema con el alcohol y era un poco inestable. Estuve con ella un par meses y aprendí bastante sobre las artes amatorias entre mujeres. Al final, tuve que dejarla por los motivos que me advirtió Martín.
No voy a negar que siguiera pensando en Irene. Desde que no recibía las cartas de Carmen, no tenía noticias de ella así que, mi imaginación se encargó de mantenerla viva en mi pensamiento. Me planteé la posibilidad de ir en su búsqueda pero sabía que no era lo correcto, sabía que lo correcto era olvidar y seguir adelante. Habían pasado más de tres años y ella tendría su vida, estaría estudiando su carrera y yo, no tenía el valor necesario para ir a su encuentro, me daba miedo aparecer ante ella y descubrir que ya se había olvidado de mí.


He estado un rato sin recordar porque el autobús ha hecho otra parada, esta vez, más corta. Me ha venido bien este descanso, he podido estirar un poco las piernas y he respirado el aire puro y limpio, con olor a campo y lluvia, que había en ese lugar, y me ha recordado al pueblo, tal vez porque estoy cada vez más cerca. Durante esta pausa, he notado que mi cabeza está más calmada y que el ejercicio mental está dando resultados.
Si no recuerdo mal, ahora debería recordar mi etapa en Londres. Creo que fue a finales del noventa y seis cuando comenzó nuestra aventura, si no me equivoco. Londres fue para mí la liberación y el desequilibrio total. Todo era distinto a lo que había conocido hasta ese momento. Fue un tiempo de locura.
En un principio, nos instalamos en uno de los barrios marginales de la ciudad, en la casa de un amigo de Martín, que era nuestro contacto en Londres. Poco a poco fuimos haciendo amigos y al cabo de un mes nos fuimos a vivir a un piso compartido con otro español y un alemán. La casa era un asco pero yo conseguí que mi habitación fuera mi pequeño hogar. El dinero ahorrado duró unos cuantos meses y luego, hubo que buscarse la vida. Cuando se tiene poco es difícil sobrevivir en una gran ciudad.
Martín no tuvo problema en encontrar trabajo rápidamente ya que sus años de experiencia en la Costa del Sol habían hecho de él un buen barman. En cambio yo, durante los tres años que duró mi aventura en Londres, hice todo tipo de trabajos, cajera, camarera, dependienta, profesora de español, pegué carteles... y alguno más que ya no recuerdo. La verdad es que tuve suerte y nunca me faltó el curre que, aunque precario y mal pagado, me permitió subsistir en aquella cara ciudad.
Durante el tiempo que estuvimos en Londres, el binomio positivo Martín-María se hizo más fuerte y más sólido. Muchas noches Martín se venía a mi habitación, se metía en la cama conmigo y conversábamos hasta que nos entraba el sueño, a veces se iba a su cuarto y otras, se quedaba a dormir en el mío. Recuerdo la sinceridad que hubo entre nosotros a la hora de contarnos nuestras vidas, nuestros amores y nuestros temores. Hablábamos de todo, de lo real y de lo irreal, de lo posible y de lo plausible pero nunca, hubo un lenguaje de seducción y fantasía entre nosotros, jamás me inventé historias para él, tal vez porque esa cualidad formaba parte de mi ritual de enamoramiento que no se despertaba en presencia de Martín, todo hay que decirlo. Martín y yo nos dimos cariño y fuerzas mutuamente y gracias a ese tándem, sobrevivimos.
Al principio escribía a menudo al tío Luís contándole cómo me iba. Empecé escribiéndole cartas, después pasé a mandarle postales que se fueron distanciando en el tiempo y al final, dejé de escribir.
Cambié mi aspecto de forma radical, me corté el pelo y me vestí de negro, me tatué la palabra “free” en una muñeca y me puse un piercing en la ceja. Conseguí tal cambio en mí que ni mi padre me hubiera reconocido. Quería olvidar y empezar de nuevo y esta ciudad me ofrecía la oportunidad de hacerlo.
Durante el primer año intenté llevar una vida más o menos ordenada, encontré trabajo como cajera en un supermercado y después, estudiaba inglés en una academia. Entre el trabajo y las clases, los días no daban para mucho más, pero los viernes, después de una dura semana, esperaba a Martín a la salida de su trabajo y nos íbamos por ahí a emborracharnos y a divertirnos por lugares, a veces, poco recomendables.
Fue una época loca, sin responsabilidades ni imposiciones por parte de nadie, hacíamos lo que nos daba la gana sin tener que dar explicaciones. La mayoría de nuestras amistades era gente marginal que se ganaba la vida en la calle, músicos, mimos, pandilleros, mendigos, camellos e incluso putas y chaperos, vamos, lo mejor de cada casa.
Al año y medio de estar allí, los dos habíamos perdido el norte y estábamos sumergimos en un mundo de diversión, drogas y  alcohol, llevando una vida desenfrenada y peligrosa. Muchas noches, después de drogarnos con cualquier mierda que habíamos conseguido, Martín y yo nos metíamos en el primer garito donde había marcha o algún concierto hasta que nos echaban y, casi siempre, volvíamos a nuestra guarida totalmente colocados, a veces solos, a veces acompañados. Por aquella época tuve unas cuantas amantes, todas efímeras, que duraron una sola noche y de las que no recuerdo sus nombres. Mi objetivo era olvidar, no pensar y vivir a tope. Como diría Ian Dury “Sex and Drugs and Rock and Roll”.
Durante ese tiempo, no sé si largo o corto porque no fui consciente de ello y ahora me es imposible recordar con claridad, experimenté una parada del pensamiento sin utilizar técnica alguna, sólo con las drogas, y conseguí olvidar mi pasado, o eso creía. Había amontonado todos mis recuerdos, los buenos y los malos, en el más lejano de los baúles, bajo siete candados. No quería recordar.
Irene pasó a un plano inferior de mis pensamientos, conseguí meterla en el segundo baúl de los recuerdos después de haber estado durante años en el primero de ellos, en el que no tiene tapa. Aún así, de vez en cuando, como quien no quería la cosa, aparecía en mis pensamientos para instalarse allí durante un tiempo, hasta que conseguía devolverla a su sitio, no sin esfuerzo. Nunca he podido controlar los recuerdos de Irene porque tienen luz propia y habitan en mi corazón. No podía evitar acordarme de ella el día de su cumpleaños, o cuando un sábado miraba el reloj y marcaba las cinco, la hora de vernos, y sobre todo, en esas noches tristes, cuando me imaginaba en su compañía y le preguntaba si pensaba en mí como yo pensaba en ella. Llevaba tantos años sin saber de ella.

Después de un tiempo de vida desenfrenada, caí enferma de neumonía y estuve ingresada en un hospital durante un largo mes. Estuve bastante grave y en un principio temieron por mi vida. Todo fue por el descontrol de vida que llevaba, el abuso de drogas y alcohol y la falta de alimentación provocaron mi enfermedad.
Toda la vida le estaré agradecida a Martín por su ayuda, fue mi salvador, sin él no hubiera superado aquella enfermedad. Salí del hospital muy débil y delgada y gracias a él, que me cuidó y me alimentó, conseguí recuperarme.
Durante mi convalecencia, me pasaba mucho tiempo sola en la habitación. Martín estaba fuera gran parte del día, trabajaba en la cafetería de unos grandes almacenes y además, tenía una historia con un ejecutivo casado del que estaba locamente enamorado. Sabía que esa relación no tenía futuro pero quería vivirla a tope mientras durara.
Pasarme largas horas encerrada en mi habitación ha sido mi “modus operandi” en esta vida, primero en casa, después en el internado y luego en Londres.
Entre que la enfermedad me había debilitado mucho y tantas horas de soledad habían afectado a mi ánimo, me planteé volver con el tío Luís. Martín me daba ánimos y me decía que aguantara, que después de mi recuperación nos iríamos a otro lugar, había que seguir recorriendo el mundo.
Recuerdo el día que conocí a Karla, mi segundo amor. Yo seguía convaleciente en mi cuarto cuando Johann, el alemán que vivía en el piso, me invitó a tomar un té con él y unos amigos en su habitación. Me animé a ir, estaba cansada de estar sola y necesitaba un poco de compañía.
Es curioso que mientras pienso en Karla, ha empezado a sonar en la radio una canción de Aretha Franklin que, siempre que la escucho, me recuerda a ella.
Karla era prima de Johann, llevaba un tiempo viviendo en Londres y se ganaba la vida como cantante de un grupo de soul, los L-O-V-E, nombre que habían tomado de una la canción de Al Green.
Conectamos rápidamente y en un momento de la reunión, su mirada se cruzó con la mía y hubo un chispazo. Me invitó a que fuera a verla al local donde actuaba y le prometí que iría en cuanto me recuperase.
Después de casi dos meses de recuperación, la primera noche que salí con Martín, fuimos a verla. Me quedé alucinada de lo buena que era, tenía una voz sorprendente y se atrevía con canciones de Aretha o de Gladys Knight por citar algunas, pero con un estilo a lo Janis Joplin. Me encantó como cantaba y me enamoré de ella al instante. Aquella noche se vino conmigo a casa y estuvimos juntas casi dos años.
Karla fue el punto de estabilidad que necesitaba mi vida que hasta ese momento había ido a la deriva. Era alegre y positiva, siempre encontraba solución a los problemas y hacía que las cosas fueran tan sencillas que era muy fácil vivir con ella.
Martín y ella se llevaron bien desde el principio, aunque Martín la llamaba la teutona tetona cuando ella no estaba presente, siempre hubo buen rollo entre ellos.
Mi amor por Karla fue muy distinto al de Irene, mucho menos intenso, más pausado, más que amor fue un querer. Me enamoré de Karla por necesidad, por necesidad de querer y ser querida. Quise quererla y me dejé querer.
También utilicé mis historias para enamorarla, aunque esta vez fueron en inglés. Recuerdo que me sentía una traidora cuando le contaba alguna de las historias que inventé para Irene así que, traté de inventar otras para ella, basadas en algún cuento de Poe o en cualquier otro libro que había leído. También se las contaba por capítulos y también me suplicaba para que le contara más, pero no era lo mismo.
Se que Karla estuvo muy enamorada de mí, sobre todo al principio, cuando no le importaba que yo no la amara tanto como ella a mí. Durante el primer año, la relación fue muy pasional y con mucho sexo, hacíamos el amor sin tapujos, totalmente entregadas la una a la otra, emitiendo susurros en lenguas extrañas. Me encantaba su cuerpo tan blanco y aterciopelado.
Después de mi recuperación conseguí estar “on benefits” gracias al subsidio por desempleo que me dio el gobierno británico que, junto con el trabajo de profesora de español de unos niños, me solucionaron mi existencia por un tiempo.
Martín y yo seguíamos manteniendo la costumbre de quedar los viernes por la noche para irnos por ahí, sin tantos excesos como antes, eso sí, y acabar en el local donde actuara Karla, a la que esperábamos para volver a casa juntos.
Al tiempo de estar con Karla, un día me pidió que me fuera con ella a Dublín, el grupo había conseguido una gira de tres meses por los locales de la ciudad y quería que la acompañara a Irlanda. Le dije que sí porque necesitaba cambiar de aires. Londres se había convertido para mí, como su clima, plomizo en color y contenido. Intenté convencer a Martín para que nos acompañara pero no quiso, seguía con su destructiva relación con el ejecutivo y no quería dejarla en esos momentos.


La aventura de Dublín duró unos cuatro meses, más o menos, y durante el tiempo que estuvimos allí, el grupo se instaló en un piso alquilado y yo me instalé en la habitación de Karla. Al poco de llegar, conseguí un trabajo gracias a ella, que se enteró que buscaban una camarera en uno de los locales donde había actuado.
En ese tiempo mi relación con Karla pasó a una segunda fase y se hizo más profunda, me fui enamorando más de ella, me encontraba a gusto con ella y me hacía sentir segura y amada. Excepto algún día que ella ensayaba con el grupo, la mayoría de los días los pasábamos juntas, visitando la ciudad, paseando o haciendo cualquier otra cosa. Y por las noches, después de volver de  trabajar, nos citábamos en la cama para amarnos.
Mi felicidad fue completa cuando a los dos meses de estar allí, Martín apareció para quedarse a vivir con nosotras, había roto definitivamente con su amante y había decidido poner fin a su aventura en Londres. Consiguió una habitación en una casa cercana y volvimos a ser los tres. Martín tardó en recuperarse de aquella ruptura porque el ejecutivo casado le tocó el corazón.
Los L-O-V-E consiguieron prorrogar un mes más los conciertos pero al poco, Karla me dijo que tenía que dejarlo todo y volver a Berlín, había recibido una llamada de su hermana comunicándole que su madre estaba muy enferma y ya había hablado con el grupo su decisión de dejarles al finalizar la gira. Me pidió que me fuera con ella, que nos fuéramos los tres. A Martín y a mí nos pareció estupendo porque nos daba la oportunidad de seguir con nuestra aventura de la vida. Y así fue como terminó nuestra corta experiencia en Dublín para tomar rumbo a Berlín.


No fue fácil la vida en Berlín porque, como quien dice, llegamos con lo puesto. Al llegar, Karla se fue a vivir con su familia y Martín y yo estuvimos viviendo en una casa ocupa hasta que encontramos trabajo.
Me costó encontrar curro pero al final conseguí uno de dependienta en una tienda de recuerdos de la ciudad, donde vendía lo típico, postales, tazas, camisetas, un trozo del muro, el ampelmann…Trabajaba pocas horas y me pagaban muy poco. Martín también consiguió trabajo de camarero en una discoteca que regentaba un español y, con el sueldo de los dos, nos alquilamos una habitación grande con dos camas. El dinero no daba para más si también había que pensar en comer.
Durante los seis primeros meses Karla y yo nos veíamos casi todos los días. Ella empezó a trabajar en la agencia de publicidad de su padre y quedábamos a la salida del trabajo. Tenía en mente volver a cantar, buscar un grupo para actuar pero sin vivir de ello, quería compaginarlo con el trabajo que tenía, pero debía esperar por su madre. Se sentía mal por pensar que tenía que esperar la muerte de su madre para poder seguir con su vida. Como Martín trabajaba hasta muy tarde y volvía de madrugada, muchas de esas noches, Karla se quedaba a dormir conmigo.
El subidón de amor que sentí por Karla en Dublín fue perdiendo intensidad, yo seguía queriéndola pero mis sentimientos habían vuelto al principio, a la época de Londres. Estar con ella volvió a ser más que amor, una necesidad. Ella marcaba el ritmo de la relación y yo me dejaba llevar.
El trabajo que tuve me dejaba tener mucho tiempo libre lo que me permitió conocer Berlín. Salía las tardes sin lluvia a recorrer la ciudad con aquella bicicleta vieja que conseguí tan barata. No había vuelto a montar en una desde aquél día que cambio mi vida y me gustó recuperar la sensación de libertad que sentía de pequeña, cuando iba en bici.
La madre de Karla fue empeorando y nuestras citas se fueron retrasando en el tiempo y, poco a poco, nos fuimos distanciando.
Empecé a serle infiel con el pensamiento. Llevaba mucho tiempo sin pensar en ella cuando Irene se instaló de nuevo en el primer baúl, en donde siempre quiso estar y de donde nunca debió salir, para acompañarme en mis noches de soledad.
Por aquella época Martín venía cada vez menos por la habitación, se pasaba días y días sin aparecer. De vez en cuando venía a dejarme el dinero para el alquiler y a coger ropa. Las veces que le veía hablábamos un poco, pero nunca me contó en qué andaba metido.
Como intentaba evitar estar sola, a menudo me iba a la casa ocupa donde estuvimos al llegar a Berlín y me reunía con la gente conocida para pasar la tarde en compañía.
Karla vino a verme justo después de la muerte de su madre, llevaba casi un mes sin saber de ella. Vino a decirme adiós. Necesitaba un cambio en su vida, la muerte de su madre la había hecho reflexionar y no quería seguir con la vida que había llevado hasta ese momento. No quería seguir conmigo. Me reprochó mi falta de compromiso, que al principio no le importó pero que con el tiempo le hizo perder la ilusión por mí. Se despidió con lágrimas en los ojos, diciéndome que me llevaría en su corazón.
Desde el principio supe que la ruptura con Karla iba a ocurrir tarde o temprano, pero ocurrió en un momento bajo para mí y me dejó muy tocada anímicamente, con una sensación de soledad y abandono que me recordaba a otros momentos de mi pasado. Y para colmo, no podía contar con el consuelo de Martín porque llevaba una vida nocturna que no coincidía con la mía.
Sin Karla y sin Martín, no tenía sentido seguir malviviendo en Berlín, tenía veintisiete años y ya era hora de hacer algo con mi vida.
No sé si el destino quiso ayudarme o si se obró un milagro pero el caso es que, estando en plena catarsis existencial, al salir un día de casa, me paró un señor por la calle y me preguntó en español si yo era María Serrano. En un primer instante me quedé alucinada de que un desconocido supiera mi nombre pero al momento, el hombre se presentó y me explicó que era investigador privado y que le había contratado Carmen para que me encontrara, no sin esfuerzo porque perdió mi pista en Londres. Me dijo que mi hermana necesitaba verme porque nuestro padre había fallecido. Me entregó una carta de ella y me dio dinero para que comprara un billete para Madrid.
En esa carta, Carmen me contó lo imprescindible, que papá había muerto y que era necesario que me reuniera con ella porque había un montón de papeles que requerían mi firma. Me anotó un número de teléfono para que le avisara el día de mi llegada e ir a recogerme al aeropuerto.
Martín acabó perdiéndose del todo por las noches de Berlín. Intenté localizarle pero no lo conseguí. Esperé varios días a que volviera, sabía que tarde o temprano aparecería para darme el dinero de la habitación. Cuando apareció le conté todo lo ocurrido y le dije que daba por cerrada mi aventura en Berlín y que me iba a Madrid. Recuerdo sus lágrimas, y recuerdo las mías. Y también recuerdo lo que le dije,
   Martín, no sé por dónde andas perdido pero lo que sí sé, es que no quiero perderte. Te llamaré en cuanto se aclare todo.
Creo que aquí, en este punto, voy a dar por cerrado el segundo volumen del archivo, justo en el momento en que termina el primer trayecto de mi viaje. El autobús acaba de llegar a la estación central y he de cambiar a otro que me llevará al pueblo.


Hace un rato que tengo a los recuerdos pendientes revoloteando en mi cabeza, queriendo salir a la palestra. No he querido seguir recordando mientras esperaba la salida de este autobús, el ruido que había en la estación hacía difícil la concentración. Ahora que estoy sentada y ya ha comenzado el último tramo de mi viaje de retorno, puedo dar paso al siguiente recuerdo, el de mi regreso a España.
Recuerdo que mientras volaba hacia Madrid supe que mi etapa de nómada por el mundo había finalizado, necesitaba asentarme y vivir sin tantas penurias como hasta ese momento.
Cuando llegué a Madrid Carmen me estaba esperando en el aeropuerto. Recuerdo aquel momento como uno de los más emotivos de mi vida, nos besamos, nos abrazamos y lloramos durante un largo rato, sin poder decirnos nada, hasta que ella rompió el silencio con ese humor suyo que siempre recordé.
   Dios mío que te han hecho, tienes un aspecto horrible y estás en los huesos.
   Gracias, yo también te quiero.
Efectivamente mi aspecto era horrible, estaba delgada, desaliñada y casi harapienta, y llevaba una mochila como único equipaje, donde transportaba las pertenencias de diez años de existencia.
Nos fuimos a un hotel donde había reservado unas habitaciones y una vez instaladas, intentó ponerme al día, como pudo, de lo ocurrido durante todos esos años sin saber de mí, ni yo de ella. Me contó que se había casado hacía unos años con su novio de siempre y que tenía un niño precioso. Hablamos de mamá, de la muerte de los abuelos, de Josefina que también había muerto y de la muerte de papá.
   Me apena mucho la muerte de la abuela y también la de Josefina, siempre las he llevado en el corazón y siento no haber podido estar con ellas todos estos años. Pero, si he de serte sincera, la muerte de papá no me conmueve.
   Ha sido muy duro para nosotros, Papá fue asesinado de un tiro en la cabeza por Roberto, el mecánico del pueblo. Por lo visto, su mujer y papá eran amantes, y ya sabes lo que pasa en estas historias.
   Quién a hierro mata, a hierro muere. Tenía muchos enemigos y han tardado en acabar con él.
   Lo positivo para ti de todo esto es que, has heredado de los abuelos el piso de Madrid. Desde que murieron, papá lo tuvo en usufructo pero el abuelo, te lo dejó a ti.
   Quien lo iba a decir, desheredó a su hijo para dármelo a mí, cuando los dos habíamos cometido el mismo pecado. Veo que su conciencia no le dejó en paz.
Me habló de todo el lío de papeles que suponía el tema de la herencia, de los problemas que habían surgido y de las citas que teníamos ante el notario. Quiso que me fuera con ella al pueblo pero yo me negué. Me dio dinero para que me comprara ropa y me instalara en la ciudad hasta que se solucionara todo.
Al final, antes de despedirnos, me dijo,
   Sabes, sé lo que pasó. El día de mi boda, Irene fue mi dama de honor y, después de unas cuantas copas, me confesó entre lágrimas que era ella la chica que estaba contigo aquel fatídico día. Me quedé de piedra porque nunca lo había sospechado. ¡Joder, Teníais que habérmelo contado!
   Para qué Carmen, fue mejor así, vuestra amistad no se jodió y ella se libró de un castigo que hubiera cambiado su vida.
   Aún así, deberías de habérmelo contado, siempre estuve de tu lado en esta historia y lo sabes. Me pareció tan injusto todo lo que te pasó que nunca se lo perdonaré a papá.
   Reconoce que con nuestro padre hubiera sido peligroso para ti ser cómplice y, si se llega a enterar de quién era ella, Irene lo hubiera pagado. No dije nada porque no quise que pasara lo mismo que me tocó pasar a mí.
   A ella no le pasó nada porque papá nunca lo supo.
Sabes, aún sigo teniendo contacto con ella y de vez en cuando nos llamamos por teléfono. Acabó la carrera de medicina hace unos cuantos años y se casó con un compañero de la facultad. Ahora vive en Barcelona y, por lo que me contó la última vez, le va muy bien.
   Me alegro que le vaya bien. De veras, me alegro por ella.
   Siempre me preguntó por ti.
Irene, Irene, el amor más profundo y más antiguo que he tenido, un amor que durante años no perdió su intensidad porque lo alimenté con la imaginación, pero el tiempo y la amargura le hicieron perder su brillo y se volvió borroso, turbio, envuelto de fantasías más que de realidades.

Una vez solucionados todos los trámites de la herencia, me encontré con un piso en una de las zonas más caras de la ciudad y con algo de dinero que también había heredado. Llamé a Martín a Berlín y le dije,
   Tío, soy la propietaria de un enorme piso en el centro de Madrid y una de las habitaciones tiene tu nombre. Ven conmigo, este es un buen sitio para quedarnos, tener un perro y echar raíces.
Una semana después, Martín estaba viviendo conmigo en Madrid. Volvió esquelético, con ojeras y hecho un desastre y esta vez, fui yo la que ejerció de salvadora.
Antes de tomar decisiones serias, nos fuimos un mes de vacaciones a Málaga, a tomar el sol y recuperar las fuerzas. Estuvimos con el tío Luís y con Albert, visitamos a los colegas y comimos y dormimos como reyes.
Una vez descansados y de vuelta en la capital, nos pusimos manos a la obra, queríamos dividir el piso en dos, una parte para Martín y para mí y otra parte para alquilar las habitaciones.
Martín seguía sin recuperarse del todo, las ojeras no acababan de desaparecer y a menudo, tenía décimas de fiebre o estaba resfriado. Además, su carácter no era el mismo desde que volvió. Aquello me tenía preocupada y se lo dije.
   Martín, llevas mucho tiempo malo, nunca llegas a recuperarte del todo, y sigues sin engordar. En serio, deberías ir a un medico. Acuérdate de la puta neumonía que pasé.
Me agarró por los brazos y me llevó a un sillón donde nos sentamos, me cogió de las manos y me dijo:
   Maria, estoy enfermo, tengo SIDA. Me hice unos análisis en Berlín y dieron positivo. ¿Recuerdas que desaparecí por un tiempo? Estaba acojonado y huí, no quise contártelo. No pude contártelo. Después tú te fuiste y me sentí muy solo. Un amigo me ayudó y me llevó a una clínica. Llevo en tratamiento unos cinco meses pero no levanto cabeza.
Al día siguiente fuimos a una de las mejores clínicas especializadas. Durante días le hicieron todo tipo de análisis y pruebas y le cambiaron la medicación. Volvimos a casa con el fatídico diagnóstico de que la enfermedad estaba avanzada y había que esperar a los resultados del nuevo tratamiento.
El tratamiento empezó a dar resultados, siguió un control médico exhaustivo y le fueron ajustando las dosis hasta dar con las correctas. Por las mañanas, se sentaba en la mesa con una caja de zapatos llena de medicamentos y se tomaba unas cuantas pastillas de cada uno de los botes que tenía. Decía que si le agitaran un poco, sonaría como una maraca.
Recuerdo que por entonces, tuvimos mucho tiempo para conversar de nuestros temas de siempre, después de cenar y a veces, hasta el amanecer. Se que aquello le vino bien.
En los siguientes meses, Martín fue recuperándose poco a poco y se animó a organizar toda la reforma de la casa, a contratar albañiles, fontaneros, electricistas y demás gremios que actúan en una obra. Hizo un trabajo excelente con la casa y la decoró con mucho gusto. Que conste que yo también aporté mi granito de arena. Dividimos la casa tan bien que sólo la cocina era compartida con la parte de los huéspedes, que consistía en tres habitaciones, un baño grande y el derecho a cocina. Nuestra parte era más amplia, con tres habitaciones, un baño y el salón. En poco tiempo conseguimos alquilar las habitaciones y con el dinero cubríamos de sobra todos los gastos del piso, que era caro de mantener.
Al cabo de un tiempo, vi con horror que mi capital había bajado ostensiblemente y lo que quedaba de la herencia, no daba para vivir sin trabajar, por lo que no tuve más remedio que salir a buscar un trabajo. Acudí a varias entrevistas que conseguí a través de anuncios de prensa pero en todas ellas me pedían experiencia. Como no conseguía que me contratasen, le eché cara al asunto y me fui a pedir trabajo al detective privado que fue a buscarme a Berlín. Le gustó mi desparpajo al ir a pedirle trabajo y me contrató.
Llevo muchos años trabajando con Don Pedro y me va muy bien. Con el tiempo, me saqué la licencia de detective privado y ahora compartimos el negocio. Me encanta mi trabajo y podría contar un montón de historias pero que ahora, no vienen a cuento. Tal vez, algún día, publique un libro contando mis experiencias en este oficio.
Durante un tiempo, Martín, Rocky II y yo formamos una familia. Yo trabajaba fuera y Martín, dentro, se encargaba de la casa, del perro y de los inquilinos. Teníamos la vida resuelta, vivíamos en una casa estupenda y no nos faltaba el dinero, quién nos lo iba a decir. A veces, recordábamos nuestros años pasados y no podíamos entender cómo habíamos podio sobrevivir en aquellas condiciones.
Rocky II no estuvo mucho tiempo con nosotros, fue atropellado por un coche una tarde de lluvia. Nos entristeció tanto su pérdida que decidimos no tener más perros.

Desde que Carmen me habló de ella, aquél día que llegué a Madrid, los recuerdos de Irene se habían vuelto más nítidos, perdieron ese halo de fantasía que los envolvió durante años y se volvieron más reales y más tristes. Una noche de melancolía me conté el último capitulo de nuestra historia, cuyo final fue un adiós para dejarla ir, para liberarla de mi amor cautivo. Ya no tenía sentido seguir fantaseando y anhelar lo imposible, se había casado, vivía en Barcelona, tendría hijos y una vida sin mí. Terminar con aquella quimera hizo que parte del peso emocional que había arrastrado durante años se convirtiera en tristeza. A pesar de ello, Irene no dejó nunca de habitar en mi pensamiento, sobre todo por las noches, donde nunca faltó a su cita.

En todos estos años que llevo en Madrid, he tenido varias relaciones sentimentales, algunas duraron más que otras pero todas terminaron por mi culpa, por mi falta de compromiso. Merche, Alicia, Isabel, Lola…Nunca me entregué como ellas merecieron y entiendo perfectamente que todas me dejaran.
Yo las quise a mi manera y estuve con ellas porque tenían algo que me atraía, que me enamoraba, no sé como explicarlo, algo que afectaba a mis sentidos, como cuando escuchas una canción por primera vez y te gusta porque su melodía te recuerda a otra, o cuando comes algo que nunca has probado e intentas comparar su sabor con los ya conocidos. Mi oído, mi vista, mi olfato, mi gusto o mi tacto encontraron en ellas algo de Irene.
Reflexionando sobre esto, pienso que no engañé a ninguna de ellas, desde un principio supieron de mi forma de amar, limitada y disfuncional. A veces creo que estoy vacía, que quemé todas las naves en un solo amor y ya no supe amar después de amar. Y me maldigo por ello, por no haber sido capaz de amar a Karla, a Lola y a las demás mujeres que me entregaron su amor incondicional.
Recuerdo a Lola en especial porque fue la última a la quise, aunque no tanto como ella a mí. Estuvimos un tiempo juntas pero la relación terminó hace un año largo.
Fue una mujer muy paciente conmigo y mereció mucho más de lo que le di, la verdad. Fue una época mala porque Martín empezó a recaer en su enfermedad y yo estuve más pendiente de él que de ella. Al principio, al igual que las demás, no le importó mi falta de compromiso, mis ausencias, mi poco interés por las cosas que ella daba importancia, no sé, lo de siempre.
Después de un tiempo de relación, al igual que todas, una tarde me preguntó por mis sentimientos hacia ella, quería saber si le merecía la pena esperar por mí, y yo le dije que no, que no podía dar más de lo que le daba y que nunca conseguiría de mí lo que esperaba, que no perdiera el tiempo conmigo porque no me lo merecía.
Llevo un tiempo sin pareja y la verdad, tampoco lo anhelo. Ahora me parece frío y egoísta querer estar con alguien, a quien no le entregaré mi amor, a cambio de compañía. Ocupo mis horas en el trabajo y cuando llego a casa, estoy tan cansada que casi no le permito al pensamiento indagar en mi soledad.

Ha quedado para el final la experiencia más dolorosa de mi vida, que recordaré solo para que encuentre su lugar en la memoria.
Martín murió hace un año, una hepatitis junto con varias infecciones se lo llevaron. Los días que precedieron a su muerte fueron los más duros de mi vida. Estuve con él hasta el final, se fue tranquilo pero triste porque me dejaba sola.
No ha pasado el tiempo suficiente para que pueda pensar en su muerte con serenidad. Por ahora, prefiero que ese recuerdo siga guardado en algún baúl. Solo diré que sigo llorando su ausencia.

No quisiera seguir recordando después de esto pero, no podría dar por finalizado este viaje por mi memoria sin recordar la última vez que vi a Carmen. Hará unos tres o cuatro meses, quedamos para comer y estuvimos hablando de todo un poco, de la delicada salud de mamá, de su hijo, del pueblo, de mi casa, del trabajo… Y como siempre, al final, cuando ya nos despedíamos, me habló de ella.
   Sabes, Irene ha vuelto al pueblo. Vino a verme hace poco y me contó que se ha separado de su marido. Se ha instalado con su hija María en la casa de sus padres y piensa quedarse. Quiere abrir de nuevo la consulta de su padre.
No supe que contestar, el corazón me dio un vuelco y me quedé paralizada, solo me salió un ridículo,
   Vaya.
   Sigue preguntando por ti.
Irene, Irene, has vuelto al pueblo y preguntas por mí. Años después de terminar con tu fantasía, has vuelto para convertirla en realidad pero, qué tendrá de cierta y qué tendrá de engañosa esa realidad, después de tantos años, ya nada es lo mismo. Tal vez no sepas que yo también pregunté por ti en mis últimas siete mil quinientas noches. Como escribió el Poeta en uno de sus versos tristes, “es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.

Y después de todo, aquí estoy, de vuelta y sin vuelta de hoja, recorriendo la misma sinuosa carretera que me vio partir, con la sensación de que mi vida han sido un largo viaje iniciático, que durante años he errado por caminos desconocidos para volver, veinte años después, como Ulises a Ítaca, al mismo punto de partida, para dar fin a mi desarraigo.
Salir del pueblo fue mi liberación, no seguir el camino marcado por mi padre fue seguir el resto de caminos que me ofreció la vida. Como dijo Mae West en algún momento de su agitada vida, “las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes”. Y eso es lo que me pasó a mí, que por ser “mala” tuve la oportunidad de ir a todas partes, aunque tuve que pagar un alto precio.
No he tenido una vida llena de bondades y felicidad pero he vivido con libertad mis últimos veinte años y no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Creo que no hay que intentar justificar cada uno de los actos de la vida sino que hay que vivirlos, como Emma Bovary.
Lo que sí me ha enseñado la vida en estos años es que es dura, descarnada y sin miramientos, y que para cicatrizar sus heridas hay que endurecer el corazón.
No ha sido fácil recordar hechos pasados que fueron vividos con otros sentimientos distintos a los actuales. Los recuerdos, aún los más antiguos, son polimorfos y cuando los rememoras, lo haces desde el prisma emocional que te acompaña en ese momento. Hace años, hubiera recordado mi etapa en Londres de una manera mucho más salvaje y menos sentimental a como la he recordado hoy. De todas formas, este recorrido por la memoria me ha servido para calmar mi mente, todos los recuerdos se han ido recogiendo en el orden establecido y he recuperado la serenidad mental que había perdido. Estoy tranquila y preparada para el regreso.
Está anocheciendo y se acerca el final del viaje, ya queda poco para llegar y, como si el destino me enviara el mensaje de que todo está escrito, escucho al locutor de la emisora decir “…Y ahora, una versión aflamencada y magistralmente interpretada por Estrella Morente, Volver”.
Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno…

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