Los
sentimientos en este momento de su vida estaban ya de menos, hacía tiempo que
ya no contaba lo que su cuerpo pidiera, lo que su corazón necesitara, estaba únicamente
en este mundo para hacer lo que la sociedad tenía estipulado: trabajar, comer a
unas horas determinadas, dormir, levantarse y hasta divertirse, todo de manera casi proyectada.
A
pesar o quizás en razón de ello, Hilda odiaba la rutina, la programación. Desde
niña soñó con ser libre como los pájaros que contemplaba desde su ventana, pero
pronto se dio cuenta que la vida no era así, que su vida estaba marcada por lo
que era, por quien era...
