Allí estaba Marina, sentada, viendo colisionar las olas contra el acantilado, originando una gran cantidad de espuma que volaba por los aires, sentía las gotas caer en su cara incitándola a hacer lo mismo, volar por los aires sin importar donde desplomarse, donde descuajeringarse pero tenía tan ingrato recuerdo de la última vez que se dejó llevar, que llevaba unos años no dejando en su vida dispersarse ni el aliento, no se daba el permiso de fantasear con nadie, la lección estaba aprendida.
