Las dos últimas noches tuve sueños raros, no sé si pesadillas, o quizás lo propicio sería llamarles sueños de gracia. La primera noche soñé con un Ícaro que volaba a ras de suelo, y extasiado iba al encuentro de una bella mujer que yacía en su lecho, desnuda, con piel blanca y ojos profundamente verdes.
De pronto pude ver al Ícaro ansioso, despojarse de las ropas al vuelo, y descubrí que era mujer, Ícara. Y su rostro era el mío, y las manos que se extendían al encuentro de su amada eran las mías, los ojos que la devoraban eran los míos. Y ella era mi diosa.
