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Amantes eternas - Adaptación - 9
CAPÍTULO
09
Aleksandra se quedó
con la mirada llena de incredulidad fija en Nigel.
—¿Qué quieres decir
con que ella se marchó?— preguntó.
—El señor Prentiss se
fue anoche con la señorita Veronique y la señorita Inna. —Frunció el ceño. —No
creo que la señorita Inna se estuviera sintiendo bien mientras él la cargó
fuera al coche.
Un arrebato de pánico
floreció en su pecho. ¿Estaba enferma? ¿Era grave? ¿Por qué no se lo había
contado?
— ¿Dónde fueron?
Amantes eternas - Adaptación - 8
CAPÍTULO
08
Durante toda la noche
había soñado con Aleksandra. Uno de esos sueños era una visión de la alta mujer
tocando la guitarra bajo la luna llena mientras ella bailaba con los pies
desnudos en la hierba. Vestida como gitana, Alek se había visto
devastadoramente apuesta mientras ella giraba para la música que la morena
destilaba del instrumento.
Su falda había tenido
los colores del arco iris, su blusa campesina blanca apenas escondiendo sus
senos mientras las pulseras doradas tintineaban con sus movimientos evocativos.
Amantes Eternas - Adaptación - 4
CAPÍTULO
04
Inna llevaba puesto
su regalo.
Aleksandra observó a
la mujer menuda mientras charlaba con dos rubias altas, tal vez gemelas,
vestidas como lujuriosas camareras, exponiendo más piel de la que cubría su
ropa. Inna tenía un vaso de champaña en una mano y una sonrisa enorme en la
cara, sus ojos verdes centelleando detrás de su antifaz color borgoña.
Amantes eternas - Adaptación - 2
Era
ella, tenía que serlo.
La condesa Aleksandra
Romanov se pasó una mano temblorosa por el pelo mientras se movía gradualmente
hacia la privacidad de un pequeño toilette, asegurándose de cerrar la puerta tras de sí.
Ninguna otra mujer
tenía esa sonrisa o el aire de confianza que ella poseía. Cuando había
inclinado su cabeza hacia un lado para escuchar a Dirk, supo que había visto
esa inclinación de cabeza antes.
Amantes eternas - Adaptación - 1
En
algún lugar de Colorado.
¡Es
tiempo de actuar!
Las mariposas se
arremolinaron en el estómago de Inna Nichols mientras descendía de la limousine,
siempre pendiente de su falda larga. Lo último que quería era aterrizar
ignominiosamente en el suelo al momento mismo de llegar. Aferrándose a su bolso
de mano, cerró la puerta. Dio un paso al costado y observó cómo el coche
arrancaba con fuerza, preguntándose si no debería correr tras él, saltar
adentro y volverse al aeropuerto.
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