Estaba sentada junto al mar, como cada mañana, con la mente en blanco y la vista fija en el horizonte. Hacía frío, y la playa se encontraba desierta; era una villa balnearia que me gustó siempre por su tranquilidad y por sus paisajes naturales. Me alojaba en una casa prestada por una amiga, por un tiempo, hasta que mis ideas se acomodaran. Sentía un gran vacío, no le encontraba sentido a mi vida y me pesaba mucho la soledad. Me había sumergido en el trabajo para compensar mis fracasos sentimentales pero eso ya no me bastaba.
