El
pasto acaricia su mejilla movido por las tenues lenguas del aire primaveral.
Los rayos de sol se recuestan en todo su cuerpo amoldándose perfectamente a su
figura despreocupada. En la esquina de sus ojos, iluminados por el esplendor de
la mañana, se dibujan pequeñas líneas de alegría mientras ve formas sin forma
en las nubes que se desplazan perezosas por el ancho espacio azul. Y mientras
ella imagina, yo la observo, maravillada por cada detalle de su rostro y su
repentino movimiento de manos que asemeja el vaivén de los insectos que se
cruzan entre su vista y el infinito que; estoy segura, observa. Veo la
perfección en ella. Esos y más sentimientos, a los cuales no logro darles
nombre, se reflejan por todo mi cuerpo, tan cerca del suyo que hasta puedo
sentir el calor que emana. De repente, quizá percatándose de estos sentimientos
o de mi intensa mirada, gira un poco la cabeza y con sus ojos fijos en mí
rostro, me pregunta sin palabras; ¿qué significa toda esa energía que sale de
mí? Y yo, tomada por sorpresa, intento evadir esos ojos cafés que cuando me
observan desnudan mis deseos. Así pues, fingiendo pereza, volteo hacia otro
lado fijando la mirada en una mariposa que descansa sobre una rama seca a lo
lejos.
