Eso fue lo que pensé medio segundo antes de que estrellara la palma
de su mano contra mi mejilla, asentándome una sonora bofetada.
Me quedé de piedra, incapaz de reaccionar, cuando por fin mis
sentidos despertaron abrí la boca dispuesta a mandarla a la mierda pero de
nuevo ella actuó más rápido y me abrazó. De esos abrazos tan cálidos que funden
el metal. Cuando cerré la boca, vencida por su sorpresivo gesto de cariño, me
tragué todo el aroma de su perfume. No podía pensar con claridad, lo más
inteligente que salió de mi boca fue un escueto y escasamente audible “Hola”

