Sandra
esperaba pacientemente en su silla, la mesa perfectamente arreglada, las velas irradiaban una luz tenue, un aroma dulce que
no pudo identificar inundaba la habitación, le agradaba ese aroma, se sentía
cómoda a pesar de la situación.
Se
levantó de su asiento, se dirigió al ventanal enorme que daba directo a la
ciudad, una ciudad llena de luces, desde ese octavo piso todos parecían tan
pequeños, las minúsculas hormiguitas que sabía que eran personas se movían de
un lado a otro de la acera, los coches sonaban sus clackson, y enormes
rascacielos se plantaban imponentes por todos lados, luces de lugares, en su
mayoría restaurantes y uno que otro
bar.
