Andrea observaba en silencio el
delicado cuerpo de Claudia tendido a su lado en la cama. La suave luz de la
mañana que se filtraba por las cortinas, le daba a la silueta de su compañera
un aura especial y difusa que hacía más hermosa
a aquella mujer, por la que sentía un inmenso
y profundo amor.
La cabellera dorada con sus rizos desordenados sobre el rostro y
parte de la espalda brillaban intensamente, mientras, el resto de aquel cuerpo
tan pálido como las sábanas, que apenas cubrían
parte de sus piernas, la incitaban recorrerlas con besos y caricias.
Andrea deseó extender su mano y tocarla, luego seguir el
contorno de aquella suave espalda, descendiendo hacia su cintura para elevarse
nuevamente por la redondez de sus glúteos. Contuvo el aliento por un segundo
pues Claudia refunfuñó entre dientes y prosiguió su tranquilo sueño. Resolvió dejarla
seguir durmiendo, durante la noche se
habían amado con pasión, se habían perdido en una sinfonía de caricias y
suspiros hasta el agotamiento. Como hacía tiempo no lo hacían.
En las últimas semanas,
Claudia se mostraba desganada y distante, con poco ánimo. De tanto en tanto
pasaba por épocas como esa. Andrea
notaba sus cambios de ánimo y no la presionaba; como llegaban se iban y todo
quedaba ahí.
Se abstuvo de acariciarla y decidió
levantarse, tomó su bata y se fue en silencio a la cocina. Cuando el desayuno
estuvo preparado, Claudia apareció en la cocina, arrastraba los pies aún
desperezándose.
- Hola linda, cuando desperté no te vi
– rodeando a Andrea por la cintura y depositando un sonoro beso en el cuello.
- Um que rico – girándose hacia
Claudia besándola en los labios -. No quise despertarte, te veías tan relajada
cielo – y volvió a atender lo que estaba haciendo.
- Dormí profundamente. Me pregunto por qué
sería – manteniendo el abraso a su compañera.
- No tengo la menor idea – respondió Andrea haciéndose la inocente y echándose en el
cuerpo de Claudia.
- Oh, eres una gran mentirosa, lo sabías.
Anoche me dejaste sin aliento malvada.
- ¡Ja, ja, ja!, no seas exagerada. Te recuerdo
que fuiste tú la que inició el coqueteo – soltándose para comenzar a servir el
desayuno en la mesa.
- ¿Yo, yo? No fui yo la que se paseaba casi
desnuda desde que llegué de la oficina – tomándola por los hombros y
siguiéndola en las vueltas que daba de
la cocina al comedor.
- Ya, ya, sienta que el desayuno se enfría.
Debes tener mucha hambre o ¿no? –
sonriéndole pícaramente.
- Um, sí, que rico -y ambas siguieron esa
amena charla mientras tomaban el desayuno.
Después de comer se bañaron y
se prepararon para salir. A pesar de ser sábado, Andrea debía ir a la agencia
donde trabajaba, ya que era publicista.
Tenían una campaña en marcha y el cliente, además de ser el más importante
también era el más quisquilloso. Así que por algunas semanas trabajaría de
lunes a lunes. Por su parte, Claudia tenía un almuerzo con altos ejecutivos de
la casa matriz de la empresa transnacional donde trabajaba cómo relacionadora
pública. El tiempo apremiaba y debían salir.
- Andrea, te dije que los bocetos debían estar
listos para hoy – la amonestó Rafael García, el jefe y uno de los dueños de la
agencia de publicidad.
- No se preocupe, iré por ellos al
departamento de gráfica en seguida – respondió Andrea tratando parecer
tranquila.
- Mira, de sobra sabes lo importante de esta campaña, del dinero que
está en juego, el prestigio de la agencia y sobre todo, que son nuestros mejores
clientes. Debemos esforzarnos al máximo – dijo el hombre levantando sus manos en el aire.
- Mire don Rafael, siempre han quedado satisfechos con nuestro trabajo, su posicionamiento
en el mercado ha
ido en aumento desde que nos hemos hecho cargo de su cuenta, sin contar
que la mayoría del personal está dedicado a esta campaña –dijo Andrea sin alterarse ante los
movimientos histéricos de su jefe.
- No es suficiente, todo tiene que
salir perfecto, ¿me oyes? – y golpeó con ambas palmas el escritorio de Andrea,
que asintió con un leve movimiento de cabeza antes que su jefe retomara la compostura y
saliera de la oficina.
- Ufff, histérico –bufó Andrea una vez
que García cerró la oficina.
Alrededor de las seis de la tarde habían quedado de juntarse con Claudia
en un café del centro. Andrea llegó más temprano y esperó ojeando unos
documentos que se había llevado de la oficina.
- Hola amor, ¿me demoré?
- No, si acabo de llegar, ¿te llamó al
camarero?
- Sí por favor – mientras se quitaba la
chaqueta.
- Señoritas, en que las puedo atender.
- Un capuchino para mí y ¿tú Clau? –preguntando
a su compañera.
- Un jugo natural.
- Muy bien – y el camarero se retiró.
- Um, que sanita – rió Andrea.
- Sí, el almuerzo no me asentó muy bien.
- ¿El almuerzo o la compañía? – inquirió
Andrea.
- Las dos cosas. Esos tipos son realmente
desagradables. Todo les parece mal. Que si la metodología, el rendimiento, en
fin todo, son unas pestes, unos engreídos.
- ¡Sí que estuvo mal la cosa!
- Así es. No quiero hablar más de ello -le
esbozó una sonrisa – por qué no vamos a comer, después nos tomamos algo por ahí
y luego lo que salga, ¡es sábado!
- No puedo - se lamentó Andrea – García anda
hecho un energúmeno. El lunes debe estar todo listo para la presentación con
los dueños de la inmobiliaria. Tengo que chequear el plan de medios y ajustar
el storyboard de los anuncios para la televisión.
- ¿Ah pero cómo?, ¿nos tendremos que quedar en
casa otra vez? ¿Hasta cuando aguantas a ese viejo de mierda explotador, Andrea?
- Si quieres… -Andrea en un intento por bajar
la tensión de Claudia ofreció una alternativa- podemos ir a cenar, eso no nos llevará mucho
tiempo.
- No, no. De todas maneras tendremos que
trasnochar. Mejor nos vamos al departamento de una vez.
Desde que salieron del café Claudia no dijo una palabra. Andrea intentó
hacer conversación pero recibió monosílabos
cómo respuestas. Al salir del ascensor el silencio se hacía más pesado
entre ellas, caminaban maquinalmente por el pasillo, una junto a la otra hasta
llegar a la puerta del departamento de
Andrea.
- ¡No, no!, esto no me gustó – habló de
improviso Claudia.
- ¿A qué te refieres? – inquirió Andrea.
- Es sábado, deberíamos divertirnos como todo
el mundo allá afuera.
- Sí te entiendo cariño pero hoy no puedo.
- Ya sé, pero yo necesito salir, si te quieres
quedar, allá tú –y dio media vuelta hacia los ascensores.
- ¡Pero Clau!, ¿a dónde vas?
- No me esperes, me quedaré en mi departamento
– y se fue rápido. Al llegar al elevador que acababa de abrirse, pasó por
encima de una chica morena que salía en ese momento por las puertas. La joven
al igual que Andrea se la quedó viendo mientras se cerraban las puertas
nuevamente, luego se giró en dirección contraria de donde se encontraba Andrea
y se fue por el corredor. Andrea sacó sus llaves y entró en el departamento. La
relación que mantenían era abierta desde el principio, si bien los primeros
años fue intensa, nunca dejaron de mantener cierto grado de independencia a la
hora de la convivencia. Esto hacía más llevadero los arranques que de tanto en
tanto sobrevenían a Claudia.
Cómo la rubia no apareció el resto del fin de semana, Andrea se dedicó
por completo a la revisión de los últimos detalles de la campaña, luego de uno
que otro retoque, consideró que todo estaba ok.
El lunes a media mañana se hizo la presentación al dueño de la
inmobiliaria y sus socios. Ellos quedaron muy conformes y felicitaron a García
y a los creativos de la agencia. Andrea asentía con satisfacción, después de
todo, se había dedicado mucho tiempo y personal para este logro. Luego de
despedir a los clientes García parecía flotar en el aire, ya saboreaba el
suculento cheque, aunque la idea de destinar parte de él para el bono del
personal no le agradaba mucho y todos en la agencia lo sabían.
- Andrea, debes comenzar ya, hoy mismo. Todo
mundo a sus puestos. Esta campaña debe saturar todos los medios sin demora –
ordenó García.
- Sí señor. Una pregunta antes que se marche…
¿el bono será agregado a la planilla de pago de este mes? –dijo
Andrea con satisfacción al ver que el semblante de su jefe se tornó serio de
improviso.
- No se preocupe señorita Jiménez, yo me
encargaré de eso – dijo García antes de salir de la sala de juntas. Cuando te nombra
por el apellido es sinónimo de poca felicidad pensó Andrea al momento que asentía
con la cabeza.
- Ese cabrón es un miserable – le hablaron por
la espalda. Ella se giró para encontrarse con Jorge, el jefe de finanzas.
- Sí que lo es – respondió Andrea y ambos
rieron de buena gana.
- ¿Almorzamos juntos?
- No, llamaré a Claudia.
- Bueno, si cambias de opinión estaré en La
Canela, el restaurante peruano que está cerca de la clínica San Esteban, allá
en Miraflores. Si quieres la puedes invitar.
- Ok, lo tendré presente – y con una sonrisa
se despidieron.
Andrea intentó localizar a Claudia en
la oficina y en su móvil, al final optó por dejar mensaje con su secretaria y
en el celular. Le indicó el restaurante
en que estaría con Jorge. En realidad necesitaba distraerse del trabajo y Jorge
siempre había sido un buen amigo y compañero, a pesar de ser algunos años menor
que ella.
Al llegar al lugar de reunión, lo encontró acompañado de una chica joven
como de su edad. Se detuvo a pensar por unos instantes y creyó más oportuno
retirarse y no hacer mal tercio, no se sentía con deseos de interrumpir algún
romance. En eso pensaba cuando Jorge la vio.
- Andrea aquí estamos, acércate – el joven
llamaba su atención para que se les uniera.
- Hola, ¿llego demasiado tarde?
- No para nada. Estábamos entretenidos con Estela,
aún no hemos pedido.
- Hola - dijo Andrea cuando estuvo junto a
ellos.
- Perdón, perdón - se disculpó Jorge- Andrea ella es Estela López, es la
enfermera que se encargó personalmente de los cuidados de Julia, mi hermanita,
cuando estuvo internada tras el accidente en
auto, te lo conté, ¿lo recuerdas?
- Mucho gusto Estela, soy Andrea Jiménez, amiga y compañera de oficina de Jorge.
- El gusto es mío –dijo brevemente la joven.
- Recuerdas que te conté lo del accidente
–agregó Jorge.
- Sí, sí claro y cómo está ella – preguntó con interés Andrea.
- Mucho mejor, Ya la dieron de alta aquí en la
clínica pero sigue en reposo en casa de mis padres.
- ¿Y qué dicen los médicos, le quedaran
secuelas?
- No pero tardará en retomar se vida normal,
ya sabes, la universidad, los amigos, las fiestas, esas cosas.
- Lo bueno es que no pasó a mayores -dijo ella con alivio.
- Sí y se lo debemos a esta señorita que se
esmeró en los cuidados a mi hermana, así que en agradecimiento la invité a
almorzar con nosotros. Ya averigüé y tu turno no comienza hasta las tres y
media por lo menos. Tenemos varias horas para comer rico, con grata
conversación y mejor compañía – dijo a la joven en tono muy coqueto.
- Gracias pero no era necesario – dijo Estela algo ruborizada.
- No, no, esa chica es la luz de los ojos de
este caballero, así que están muy bien los agradecimientos -agregó Andrea en tono sincero. En tanto que la
homenajeada se sentía más azorada.
-¿Y tú, viniste sola? –preguntó Jorge
cambiando bruscamente de tema lo que ayudó
Estela a serenarse.
- Sí, es que no logré comunicarme con
Claudia pero le dejé mensaje, aún puede llegar.
- Espero y no lo lea – refunfuñó Jorge.
- ¿Ah, sí? Pero cómo eres de malvado
- Es una pesada y altanera.
- ¡Oh sí, sí que lo es! – corroboró Estela
notando que sus dos compañeros se le quedaron viendo-. Vivo en tú mismo
edificio –dirigiéndose a Andrea con naturalidad.
Andrea se le quedó viendo con un a sonrisa
amable, tratando de recordar su rostro pero no lo consiguió. Debía reconocer
que la joven mujer a su lado era guapa, notó que su porte a pesar de estar
sentada era mayor al suyo. Se podía decir que era una morena bastante atractiva.
- No, si es muy difícil que te recuerde -dijo Jorge de improviso adivinando las
cavilaciones de Andrea –ella anda siempre con un pie aquí y el otro en la luna,
je, je –y los tres rieron a la vez-. Yo no sé cómo la aguantas – dijo el joven
retomando el tema de Claudia.
- No si los opuestos se atraen –agregó Estela
dándose cuenta que había sido imprudente al exponer de esa forma la relación de
las chicas ante Jorge y el rubor retornó a su cara. Con el rostro enrojecido
sólo atinó a disculparse-. Lo siento.
- ¡Ja, ja, ja! –rió estrepitosamente Jorge-.Yo
no lo hubiera dicho mejor. Realmente esa es la definición exacta para su
noviazgo o como lo llamen -estas últimas palabras sorprendieron a Estela a la
vez que la tranquilizaron. Mientras,
Andrea estaba entretenida viendo cómo el rostro moreno de aquella chica se
sonrojaba por completo, incluyendo las orejas al descubierto por su corto
cabello. Le pareció tan simpático que le alegró el día.
- Así que opuestas dices, ¿en que has visto
esas diferencias entre nosotras?
- Bueno, Jorge ha mencionado las
características de ella. Yo diría… más bien, las veces que te he visto, por lo
regular llevas una sonrisa, en particular cuando están juntas. Pero en otras
ocasiones, aún cuando en tu rostro se ve preocupación no dejas que tu cara la opaque un gesto de enojo o fastidio. Por
cierto, tampoco miras a nadie, salvo al portero para saludarlo.
Andrea se quedó pensando y llegó a la conclusión que la chica tenía toda
la razón. Se sorprendió y trató de disculparse.
- ¡Hola!, ¿molesto? Aquel saludo abrupto la
sacó de sus pensamientos. Era Claudia de pie junto a ella.
- Mm, no, claro que no. Estábamos…
- Hablando de lo que íbamos a pedir –completó Jorge-. ¿Te unes a
nosotros? –Claudia con una mueca de disgusto echó una rápida mirada por lugar y la detuvo en Estela.
- No, no me gusta el lugar.
- De qué hablas, es uno de los mejores de la
ciudad –protestó Jorge. “Si es un muy buen lugar, hemos venido varias veces
aquí y te ha encantado”, se dijo Andrea en silencio.
- Bueno aun así –manteniendo la mirada seca en
Estela- me apetece comida italiana. ¿Me acompañas o tendré que comer
sola –dirigiéndose a Andrea quien puso sus ojos en blanco, suspiró, tomó sus
cosas y se encogió de hombros a modo de disculpa a sus compañeros. Se despidió
rápidamente y se fue tras Claudia, que caminaba de prisa hacia la salida y con aire de satisfacción.
- Tarada –dijo Jorge.
- ¿Pero qué le ve? –cuestionó Estela.
- Andrea a Claudia.
- Sí.
- Mm, yo creo y me gustaría que así fuese, que
es costumbre –afirmó Jorge.
- ¿Por qué dices eso?, explícate.
- Por lo que tengo entendido, se conocieron
cuando llegaron aquí a la capital a estudiar en la universidad, así qué, es muy
probable que Claudia sea su primera novia en serio. Entonces, amor más
costumbre.
- Vaya, que paciencia.
- Pero la paciencia se acaba y yo espero que a Andrea le quede poca. Y que
un buen día le dé una hermosa y gran patada
en medio del culo a Claudia, ja, ja, ja,
ja –y ambos rieron de buena gana.
- ¡Claudia, Clau!, espera, no me dejes
sola – protestaba Andrea casi corriendo para alcanzar a la rubia.
- Pensé que te quedarías con tus amiguitos.
- Cómo crees –tomándose de su brazo mientras
se dirigían al estacionamiento por la camioneta
de Claudia. Luego de almorzar cada una volvió a sus respectivos trabajos. Por
la tarde, la rubia pasó por Andrea ya que esta última no había salido en su
automóvil, se fueron al departamento pero Claudia no se quedó ahí a pasar la
noche.
Andrea se había acostumbrado a los cambios de humor de su novia. Desde
que se conocieron, Claudia había mostrado la misma actitud, arrogante con los
demás. Llevada a sus ideas, prácticamente sin tolerancia a la frustración,
luego de algún episodio como aquel, su temperamento se calmaba y volvían a la normalidad. Andrea
tenía el don de la paciencia, la conoció así, la aceptó y se enamoró de ella.
Sabía que esa mujer podía parársele al
mundo de frente si se le antojaba pero siempre volvía a ella, al refugio que
era su relación. Que a pesar de las manías de Claudia, nunca dejaban de
tratarse con respeto y consideración. Era como un acuerdo tácito entre ambas
desde el principio. Así lo veía Andrea y Claudia mostraba su aceptación con sus
actos.
Luego de aquel impás, las chicas volvieron a su cotidianeidad, una en
la transnacional y la otra en la agencia
de publicidad. Allí las cosas marchaban como un reloj. La campaña se encontraba
en pleno desarrollo. El producto se encontraba en todos los medios audiovisuales
masivos. Todo lugar que sirviera de exposición allí llegaría la publicidad de
la agencia.
Andrea era la encargada y en
ella recaía toda la responsabilidad.
García siempre la estaba atosigando para que se mantuviera atenta a la
evolución de la campaña.
- Y bien Andrea, cómo va la campaña.
- Viento en popa, señor García, no ha quedado
nada al azar.
- Eso deseaba oír, no quiero que descuides ni
un detalle.
- No se preocupe estaré atenta a todo –aseguró
Andrea.
- Además, te informo que me llamaron de la
minera. Están pensando hacer una campaña de limpieza de imagen, ya sabes, por
el escándalo de las napas subterráneas contaminadas con sulfuro. Vamos a estar
atareados por los próximos meses –dijo
García sobándose las manos.
- Bien pero creo que los creativos están un
poco saturados. Los hemos presionado bastante con lo de la inmobiliaria, además
de las otras cuentas señor García –le recordó ella.
- Sí, sí, ya sé pero esta cuenta es muy grande
y no la puedo dejar pasar.
- Lo comprendo pero qué hacemos con el
personal. Creo que deberíamos contratar algunos freelance para el departamento
de diseño, así como para el de medios ¿No lo cree?
- ¡Pamplinas Andrea! Lo que sucede es que son
unos flojos, los presionas un poco y reclaman.
- Claro que reclaman, el mes pasado no
tuvieron ni un fin de semana libre.
- Pero yo les pago bien.
- Es su obligación señor García, ellos se
ganan cada centavo de su salario. Y le advierto, si los sigue sobrecargando van
a comenzar a emigrar a otras agencias.
- Que se vayan, hay otros que sí quieren
trabajar –alzando el tono de vos García.
- Sí, hay otros, pero este equipo ya está
armado y conocen perfectamente el funcionamiento de la empresa. Yo los necesito
a todos. Ya se han ido dos la semana pasada, no quiero perder más gente.
- No, no me interesa, tú has que todo funcione,
ese es tu trabajo, para eso te pago y muy
bien –y salió azotando la puerta.
- A veces creo que no lo suficiente -respondió
Andrea pero él ya no se encontraba en la oficina.
Tal como lo había dicho García,
la minera había contratado los servicios de la agencia. Andrea además de
supervisar la campaña en curso tendría que hacerse cargo de la nueva. Al igual
que Jorge, que estaba encargado de
finanzas y debía hacer los estudios de costos de cada campaña. Estaban
saturados con trabajo, se la pasaban largas jornadas en la oficina, además del
que se llevaban a casa.
- Ese García me tiene hasta más arriba de la
coronilla –se desahogaba Jorge mientras caminaban a los estacionamientos.
- A mí también –suspiró Andrea-. Le dije que
estábamos con sobrecarga de trabajo.
- El muy miserable me pidió que bajara costos.
¿Qué se habrá creído? –bufó Jorge.
- No sé. Creo que se acostumbró a ganar mucho
y ahora quiere más.
- Pero no a costo nuestro. Sabes que se negó a
contratar un asistente para mí oficina. Ya estoy hastiado de ese hombre. Un día
de estos me largo. Tú deberías hacer lo mismo Andrea.
- Son muchos años en la empresa, eso
equivaldría a empezar de nuevo.
- Yo estoy dispuesto.
- Tú eres más joven.
- Pero sólo cinco años.
- No sé,
ya no soy una veinte añera -con un beso se despidieron en el
estacionamiento.
Al llegar esa tarde al departamento, Andrea decidió no pensar en la
oficina y se dedicó a preparar la comida. Llamó a Claudia y esta le dijo que
estaba en el centro e iría para allá. Al
llegar se sorprendió al encontrar a Andrea en la cocina. Habían quedado de
salir esa noche. Cuando le pidió explicaciones, Andrea se limitó a decirle que
estaba cansada y prefería comer en casa. A Claudia no le pareció nada bien pero
se contuvo de reclamar y aceptó el nuevo plan, comerían en casa y en paz se
dijo para sí.
A la mañana siguiente salieron con retraso a sus trabajos. Claudia
caminaba con pasos largos y presurosos
mientras Andrea se esforzaba por mantener el ritmo. A Claudia no parecía
importarle, ella avanzaba por el pasillo sintiéndose dueña de la situación. En
aquel momento su objetivo era el ascensor. Las puertas se abrieron y ella
apresuró aun más el paso arrastrando a Andrea, a la que traía de la mano. Sin
perder tiempo se abalanzó dentro de la caja metálica, sin importarle pasar por
sobre la mujer que salía de él en ese momento. Andrea reconoció a Estela y
quiso saludarla pero las puertas se cerraron.
A solas dentro del ascensor, Andrea reconvino a Claudia por su actitud
grosera. La rubia respondió con indiferencia “Es sólo una gata”, le dijo y Andrea la cuestionó con la mirad
y lo que obtuvo de ella fue que se encogiera de hombros como única respuesta
y no habló más del asunto.
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Wauuu que historia y que mal esta claudia quien se cree me emociine a seguir leyendo
ResponderEliminarFascinante en serio jajajaja
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