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Se despertó entre los brazos de Vega, quiso moverse pero
un tremendo dolor de cabeza frenó sus intenciones, tuvo que concentrarse en sus
movimientos para levantarse de la cama sin hacer muchas brusquedades.
Necesitaba una ducha y un calmante que acabara con el tambor que tenía entre
sus sienes.
Cuando Vega se levantó, Clara estaba en la cocina, ya
vestida, intentando hacer café. Se abrazó a ella y le dio lo buenos días.
– Siento
mi comportamiento de anoche, de veras, fue lamentable pero, necesito un
calmante ¿tienes?, la cabeza me va a estallar.
– Menuda
cogorza te cogiste ayer, no me extraña que quieras un calmante y un café. Trae,
yo lo prepararé. Me parece que hoy llegas un poco tarde al trabajo ¿no? – le
dijo Vega mientras le entregaba una pastilla.
– Hoy
no voy a trabajar, he cogido el día libre. Quiero ir al pueblo a ver a mi
madre.
– ¿Está
mala? No me lo habías contado.
– Vega,
no te he contado muchas cosas. Verás, he decidido dejar el trabajo, voy a
renunciar porque no aguanto más. Es una decisión muy seria y quiero que mi
madre lo sepa.
– ¿Por
qué lo haces, es por mí? – dijo Vega sujetándola por la cintura.
– No,
yo ya había tomado la decisión antes de conocerte y ahora, después de lo
ocurrido, creo que ha llegado el momento de hacerlo.
Mientras
tomaban café, Clara le contó que el caso no continuaba aunque la muerte de
Freddy podría apuntar a la teoría de Vega. Por las huellas encontradas, aún
quedaba una persona sin identificar lo que indicaba que, aparte de Freddy, pudo
haber alguien más.
– No
entiendo por qué no se continúa con la investigación si existen esos indicios.
– Porque
la sombra de Don Román Rota es muy alargada. Vega, creo que por tu seguridad,
deberías irte por un tiempo.
– No
me importaría irme si vienes conmigo. Mira, todo encaja, yo me tengo que ir, tú
dejas el trabajo… ¿Qué me dices? Vámonos. Tenía pensado un viaje por Asia, me
apetece mucho hacer una parte de la Ruta de la Seda.
Clara
sintió vértigo con solo pensarlo y tuvo que dejar caer su cuerpo hacia atrás
para que se apoyara contra la encimera. El martilleo que sentía en la cabeza no
le dejaba pensar.
– No
sé, Vega, suena bien, aunque creo que estamos yendo demasiado rápido. No sé, ahora
mismo, mi cabeza no está en condiciones de tomar decisiones.
Salió casi a mediodía de la ciudad, el día era frío pero
soleado. Ojalá que esta noche no haya nubes, pensó mientras echaba gasolina al
coche. Además de querer hablar con su madre sobre su decisión, Clara quería ver
las estrellas, necesitaba ver las estrellas. En la ciudad no podía verlas, por
las noches, la polución y la contaminación lumínica ocultaban el firmamento
como inmensas cataratas en sus ojos y solo una miope luna conseguía asomarse
tras esa nebulosa cortina.
Se puso en ruta, tenía que recorrer casi doscientos
kilómetros hasta llegar al pueblo y no tenía la mente muy clara por culpa del
alcohol que había ingerido el día anterior. Condujo con prudencia y disfrutando
del paisaje.
Comió con su madre y tuvo que aguantar todos sus
reproches, que no la llamaba ni iba a verla, que no se alimentaba bien y estaba
muy delgada, que no era bueno que estuviera tan sola... Cuando Clara le contó
su decisión, la madre se enfadó con ella y dijo que su padre jamás se lo
perdonaría.
– Mamá,
está muerto. Aunque nos duela muchísimo, él ya no está. No tiene sentido que
siga en algo que no quiero. Me hice policía para hacerle feliz a él, era su
ilusión, no la mía y ya no tiene sentido que siga siéndolo. He tomado una
decisión y no la voy a cambiar.
Era casi de noche cuando se despidió de su madre y se
dirigió de vuelta a la ciudad. A la salida del pueblo, cogió el camino a las
eras y buscó un sitio para ver las estrellas, estaba ansiosa porque hacía
tiempo que no las contemplaba. Esperó dentro del coche, resguardada del frío, a
que la noche sin luna encendiera su manto adornado de miles y diminutas luces
lejanas.
Se tumbó boca arriba sobre la fría hierba y abrió los
ojos hacia la inmensidad del universo y al instante, perdió la consciencia por
el espacio sideral.
Estuvo un rato sin pensar, ensimismada con las estrellas,
viajando de una a otra mientras las iba reconociendo. Ni Arturo ni Vega se
veían en ese firmamento invernal del hemisferio boreal que contemplaba, algunas
constelaciones y estrellas le eran desconocidas porque su bóveda celestial
siempre fue la de verano, la que veía con su padre.
No tenía prisa, sabía que estaría allí, que la esperaría con
su infinita paciencia, y quiso retrasar el encuentro para verse con ella al
final, a solas, sin que las otras estrellas interfirieran entre ellas. Por eso,
antes, se entretuvo en localizar a la estrella Rígel, a Sirio y el triángulo de
invierno que formaba con otras dos estrellas, de las que no recordaba sus
nombres, y a las diminutas Pléyades que siempre le recordarían a Soraya.
Cuando por fin decidió ir a su encuentro, la halló en su
sitio de siempre, fiel a su cita, la estrella de los múltiples nombres,
Cinosura, Polaris, Alpha Ursae Minoris, Estrella del Norte, Estrella Polar, su
estrella.
Qué fácil sería si en el universo de cada uno hubiera una
estrella polar que nos guiara en la vida, pensó mientras la miraba fijamente. Como
si se tratara de la diosa de una religión que profesara, Clara rezó a la
estrella para pedirle que le otorgara el norte a su vida. Se sentía perdida,
había tomado una decisión en su vida que la arrojaba al abismo, al espacio
profundo, sin brújula y sin rumbo. Y ahora, tenía que tomar otra decisión con
Vega, la enigmática mujer que la había seducido con tan solo mirarla y que
había aparecido cuando su vida estaba a la deriva.
Había metido sus manos en los bolsillos del pantalón para
resguardarlas del frío y se dio cuenta de que, desde hacía rato, los helados
dedos de su mano izquierda jugaban con la suave piedra de toque. Cómo haría
Philip Marlowe, se preguntó la inspectora, para resistir el hipnotismo de esta femme fatale, de esta Vivian Sternwood,
y no caer rendido a sus encantos porque ella, sí había sucumbido a sus hechizos
y la deseaba sin importarle que no fuera trigo limpio. La veía tan bella, tan
sensual, tan sexual, tan todo lo excitante, que le era inútil poner freno al
deseo que sentía. Amaba a esa mujer.
Y mirando a las estrellas, supo que no tenía nada que
perder.
Lo que sí perdió fue la noción del tiempo y, cuando el
frío le hizo volver a la realidad, se dio cuenta de que se había pasado tres
horas tumbada en el campo.
Llegó de madrugada a la ciudad y condujo el coche hasta
la casa de Vega, que la esperaba despierta.
La decisión que había tomado ante los astros la había
liberado y esa noche, Clara amó a Vega como no lo había hecho antes, como no lo
había hecho nunca, a tumba abierta, totalmente entregada y enamorada.
Después de amarse, Clara se puso boca arriba y recordó
que esa noche, había estado horas en esa postura bajo las estrellas.
– Sabes,
no me cabe en la cabeza que un padre como el tuyo tenga la sensibilidad de
poner a sus hijas nombres de estrellas.
– Es
curioso que sepas que son nombres de estrellas, no todo el mundo lo sabe.
También mi hermano tenía nombre de estrella, se llamaba Rígel.
– Esta
noche la he visto, allá en la lejana Orión – dijo Clara dejando que su mirada
se perdiera más allá del techo de la habitación.
– No
fue mi padre quien nos puso los nombres, fue el abuelo, pero contarte el por qué
sería contarte la historia de mi familia y es un poquito larga.
– Tenemos
toda la noche.
– Ya
pero, antes que hablar, prefiero hacer otras cosas.
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Muy buena historia en especial la forma en que describes lo que es ver a travez de una catarata...eres la primer escritora que hace uso correcto de un fenomeno que ocurre en el ojo humano...y te felicito!!! tambien me gusto mucho como observas las estrellas y como nos las describes....maravilloso que alguien las pueda ver....aqui en mi ciudad de México no se ven estrellas, hay que salir a provincia para poder ver un hermoso cielo estrellado...ojalá podamos seguir disfrutando de tus historias..
ResponderEliminarUn saludo desde México.....Mónica...
Mmmm eso ez fuego puroo jajaja muy buen historia
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