Esperamos tu historia corta o larga... Enviar a Latetafeliz@gmail.com Por falta de tiempo, no corrijo las historias, solo las público. NO ME HAGO CARGO DE LOS HORRORES DE ORTOGRAFÍA... JJ

El raro diseño de la luna - Laura T.D - 25

25


            “Tienes una cara horrible”, la saludó su hermana, temprano por la mañana. Mar no hizo caso, se apresuró a tomar un poco de jugo del desayunador, pero una vez lo hubo servido, se dio cuenta de que realmente no le apetecía. Alargó el vaso a su pequeña sobrina que jugaba con un par de huevos fritos, haciendo un desastre su plato de comida. ¿Cómo esperaba su hermana que Lucía desayunara tan temprano?
            “¿Irás a trabajar? ¿Cuántos huevos quieres?”
            “No, gracias. Comeré más tarde y no, hoy no iré a la oficina”
            “¿Y eso?”

            “Terminé las maquetas ayer y el jefe dijo que podía tomarme el día, aprecia mucho a mamá y no tiene problemas con dejarme quedar en casa si entrego el trabajo a tiempo”, mintió Mar. Su hermana pareció complacida.
            “¿Entonces me ayudarás con los niños?”
            “No. Debo ir al centro a comprar…”, se cortó Mar, no había pensado en ese pequeño detalle.
            “…le pedí que comprara unos óleos que me hacen falta”, intervino Matilde, mientras se acercaba a sus hijas para supervisar los platillos. Guiñó un ojo a Mar. Mar supuso que su mamá mantenía la idea de permitirle un poco de tiempo para ella. “Yo me encargaré de Hugo hoy, se encuentra muy inquieto, supongo que el mal clima lo pone nervioso, así tú puedes mantener vigilados a los niños”
            “Las nubes son densas, en las noticias dicen que se formó una tormenta prácticamente de la nada… la verdad no confío en los meteorólogos”, dijo su hermana, prendiendo la pequeña televisión de la cocina.
            El reportero advertía no salir de casa sin tomar en cuenta que en cualquier momento caería un gran chubasco. Mar se asomó por la ventana que daba al jardín. Nubes moradas cubrían el cielo, era como si se empeñaran en evitar el amanecer para que así la luna no terminara de ocultarse. Eran las siete treinta de la mañana, pero todavía podía verse un cuarto creciente tenue, en un pequeño claro entre las nubes.
            “Voy a vestirme y me marcho”, declaró Mar, solemne. Los gestos de su hermana y mamá le hicieron ver que no disimulaba bien los nervios“
            “Es muy temprano, las tiendas de pintura no abren sino hasta dentro de un rato”, dijo, cabalmente, su hermana.
            “Quiero dar un paseo primero”, dijo Mar, volviendo a su tono habitual.
            “¿Con éste clima?”, volvió a inquirir su hermana.
            “Haz lo que tengas que hacer, Mar. Solo recuerda no olvidar tu sombrilla y no la uses de pararrayo”, dijo su mamá, zanjando la conversación y otorgándole a Mar una ruta de salida.
            Mar se cambió la ropa de dormir por unos jeans, una playera sin estampado y tenis de lona. Si se armaba la bronca, debía estar cómoda. Echó una última mirada a su habitación y después salió, bajó las escaleras, gritó un “nos vemos más tarde”, sin importarle si alteraba a Hugo o no (pues no era capaz de más despedidas), y emprendió el camino.
            ¿Hacia dónde se dirigía? No tenía ni la más remota idea, solo sabía que algo la llamaba en alguna dirección y encaminó sus pasos hasta ahí. Al cabo de un rato, llegó al parque de los lagos. El día parecía oscurecerse cada vez más. ¿No había dicho Luna que todo estaría luminoso? Con el primer trueno, entendió.
            Los relámpagos parecían furiosas saetas; uno tras otro golpeaban la tierra y la hacían retumbar desde el centro. Las descargas parecían aumentar en frecuencia y fuerza con cada minuto, y también parecían acercarse al parque. Mar no tenía miedo. Bueno, sí, un poco, pero no iba a retroceder ni un paso. Pronto los relámpagos la rodearon y las explosiones de sonido provocaron que le estallaran sus oídos. Mar sintió un dolor agudo, pero iba a soportar, lo haría.
            Y entonces vio al primero salir del destello de un rayo. Era un hombre joven, de piel y cabello blancos. Cegada parcialmente por el destello, Mar parpadeó hasta darse cuenta de que el hombre no estaba solo, junto a él estaba una mujer de edad mediana, humana. El hombre y la mujer voltearon a verla. Mar asintió con la cabeza en señal de reconocimiento. Luego llegaron más truenos y destellos y más figuras. Mar sentía que su cuerpo no podría resistir el arribo de todos los viajeros y vínculos (Luna aún no había comprendido la debilidad de la constitución humana). El dolor en sus oídos y en sus ojos, aumentaba con cada estruendo.
            Entonces sintió una mano en su hombro. Era Tomás y a su lado, el viejo, su vínculo. Tomas en realidad era poderoso, porque Mar sintió que recobraba fuerzas y empezó a contar, 10, 23, relámpagos que transportaban seres sin tiempo ni espacio.
            Asimilado el dolor, Mar pensó que el espectáculo era hermoso.
            De pronto, la tormenta cesó. Mar tomó aire para recuperarse. Ensordecida, contempló el parque. Había muchas cabezas blancas y personas de todas las razas, de todas las edades. Pero Luna no estaba por ningún lado. Mar quiso correr a buscarla entre todos los viajeros, pero Tomás se lo impidió. “Ella no está aquí”, dijo.
            “No entiendo, ella debería estar aquí”
            “Alguien tenía que atraerlos”, dijo el viajero. Pero Mar no escuchó y continuó buscando con su vista a Luna. El corazón se le aceleró y los nervios y la angustia eran tan desesperantes como el pitido en sus tímpanos. A punto estaba de zafarse del agarre de Tomás, cuando una luz (del color más blanco jamás imaginado), lo cubrió todo, paralizando cualquier movimiento. Algo dentro de esa luz les impedía moverse a todos. Al cabo de unos instantes, Mar se dio cuenta de que sí podía moverse, pero muy, muy lentamente. Eran los maestros sin duda, habían mordido el anzuelo.
            Mar los vio y eran más aterradores que nunca. Caminaban fluidamente entre todos los vínculos y viajeros ralentizados por el influjo de alguna fuerza. Eran cuatro hombres, sin cabello, con los ojos completamente negros, vestidos de algo. Mar no podía describirlo, era como si sus cuerpos estuvieran hechos de aquella misma luz blanca. Los seres se acercaban a cada viajero y cada vínculo. Cuando Mar recién los vio, se movían en grupo, pero poco a poco fueron esparciéndose en diferentes direcciones. Deambulaban. Sólo pararon cuando los cuatro llegaron hasta ella, no sin antes acercarse también a Tomás y a su anciano.
            Mar escuchó sus voces, se habían metido a su mente. Sonaban como un eco.
            “Es ella”
            “Es ella”
            “Es ella”
            “Es ella”
            “Es insignificante”
            “Es insignificante”
            “Es insignificante”
            “Es insignificante”
            “Está anulada”
            “Está anulada”
            “Está anulada”
            “Está anulada”
            “¡No lo estoy!”, exclamó Mar en su mente y en viva voz.
            La intensidad de la luz blanca menguó y pudo volver a moverse. Dios dos pasos hacia atrás, alejándose de los maestros. Luego vio a su alrededor. Los viajeros también podían moverse, pero los vínculos solo habían recuperado el control de su cuerpo para caer al suelo, desvanecidos.
            El terror invadió el rostro de los viajeros quienes se apresuraron a auxiliar a los seres humanos. Atónita, Mar se acercó al anciano que era atendido por Tomás. El viejo respiraba y tenía los ojos abiertos pero parecía, estaba en el mismo estado que su papá. Lo habían anulado. Los habían anulado a todos.
            “¡Basta!”, gritó Mar, como una niña. ¿Qué más podía hacer?
            Los viajeros intentaban hacer reaccionar a sus vínculos, su humanidad era tal que al ver a su ser amado reducido a un ser sin consciencia, caían en desesperación, haciendo reinar el caos. Mar levantó la mirada para ver  que los maestros la observaban. “Luna”, la llamó con todas sus fuerzas, sin ser consciente si lo hacía sólo en su mente. “Mi Luna, ven”. Pero Luna no apareció. Mar cayó de rodillas al suelo, derrotada. Los maestros se acercaron a ella y la rodearon. La luz blanca volvió a brillar con toda su fuerza, evitando así que Tomás o cualquier viajero pudiera auxiliarla.
            “No puede ser anulada”
            “No puede ser anulada”
            “No puede ser anulada”
            “No puede ser anulada”
            “Sólo es materia”
            “Sólo es materia”
            “Sólo es materia”
            “Sólo es materia”
            “Debe ser transformada”
            “Debe sertransformada”
            “Debe sertransformada”
            “Debe sertransformada”
                                    
            Mar vio brillar cuatro tubos delgados. El primero le atravesó de golpe un hombro. Gritó de dolor. La sangre tibia chorreaba hasta gotear por sus dedos. El segundo atravesó uno de sus muslos, Mar quería revolcarse, pero no podía moverse porque estaba suspendida en una grieta de tiempo. El tercero atravesó su vientre, del lado izquierdo. El sufrimiento ya era indescriptible. El cuarto debía matarla. Solo era materia y pronto se transformaría en materia muerta.
            Pero el cuarto golpe no llegó. Mar pudo ver que la luz blanca desaparecía poco a poco. Entonces la oscuridad comenzó a cubrir el cielo, luego el piso, luego todo alrededor. Y dentro de la oscuridad, puntos luminosos se movían a gran velocidad. Mar recuperó el movimiento, derrumbándosesobre el césped, llorando. Al inicio pensó que la oscuridad eran sus propios sentidos, rindiéndose, luego se dio cuenta de que ya había visto algo como eso. “Luna”, pensó. “Luna”, llamó. Aquello era la galaxia de Luna.
            Haciendo uso de todas sus fuerzas, Mar levantó la cabeza, buscando. Vio a Luna a unos metros de ella, pero aún a la distancia notó la debilidad de su cuerpo. Su rostro estaba anguloso, la línea bien marcada del mentón ensombrecía sus facciones. Alrededor de sus ojos, tornados completamente en negro, había más sombras. El esfuerzo para envolverlos a todos en su galaxia, la trampa planeada para los maestros, estaban acabando con su corporalidad terrestre.
            “Tomás… por favor”, dijo Mar, desesperada, al viajero que se acercaba para revisar su estado. Tomás comprendió lo que Mar pedía y se dirigió hasta Luna, no sin antes recostar suavemente en el suelo la cabeza de su viejo caído. Luna estaba de pie, como en trance. Tomás colocó una mano sobre el hombro de la galáctica y entonces las estrellas que los rodeaban a todos cobraron más brillo. Tomás compartía su fuerza con Luna y poco a poco su corporalidad también comenzó a decaer.
            Los maestros, recuperándose de  la impresión de verse atrapados en la dimensión de Luna, dibujaron una mueca que podría interpretarse como una sonrisa. Sacudiendo al mismo tiempo sus brazos, materializaron nuevas agujas. Mar anticipaba más dolor, pero entonces los maestros cometieron otro error. No dirigieron a Mar la tortura, sino se acercaron al viejo de Tomás. La debilidad en Tomás no era tanta como pasar inadvertido el ataque a su vínculo; entonces, el viajero hablóy su poder fue lo suficientemente grande como para que todos los demás viajeros ahí reunidos escucharan.
            “No pertenecemos a ningún tiempo, a ningún espacio. Somos viajeros que conocen y se van. Pero ellos nos han importado, los hemos amado y hemos sido amados. Elijo su muerte antes que la nada. Elijo la vida, antes de la eternidad”
            Los viajeros se incorporaron al instante. Uno a uno se unieron al trance de Luna y Tomás. El negro se tornó más negro, en sus ojos y alrededor de todo. Los maestros retrocedieron. La fuerza de todos los viajeros los hacía retroceder.
            “Todo colapsará”
            “Todo colapsará”
            “Todo colapsará”
            “Todo colapsará”
            Advirtieron los maestros, como el eco de un profeta. La galaxia de Luna se expandía cada vez más con la fuerza de todos los viajeros.
            “Su final, será el nuestro. Ni humanos, ni viajeros, ni maestros, ni universo. Solo una galaxia vacía”, declaró Tomás.
            El hueco en el tiempo y espacio de Luna lo devoraría todo. En el principio el caos… aquello se convertiría en caos. Las estrellas diminutas que se movían alrededor de todos, emitían un intenso brillo final y desaparecían. La galaxia de Luna se convertía poco a poco en un agujero negro y lo devoraría todo. 
            “El final de todo”
            “El final de todo”
            “El final de todo”
            “El final de todo”
            Los maestros retrocedían, pero la galaxia de Luna era demasiado grande, demasiado negra para escapar.
            “Elegimos la vida antes que la eternidad”, dijo Luna.
            La oscuridad crecía. Los viajeros mantenían su fortaleza. Mar no podía escuchar a Luna, pero sabía que había dicho algo, que estaba luchando y no la dejaría sola. Si en verdad tenía algún poder producto de su vínculo, era momento de que surgiera. Y sucedió. No fue un destello, ni su cabello se tornó blanco. Era un retorno. Retorno a ella misma, a querer permanecer en ese mundo,  contemplarlo, admirarlo y vivirlo. Mar pensó en todo en un instante, recordó los peces de colores cuando tenía tres años, recordó juegos con su hermana, recordó paseos con su padre, dibujos con su madre, tardes con Sara, días de trabajo, días de ocio, días en el museo, besos con muchas mujeres, el día en que conoció a su marciana, los besos de Luna. Y entendió. Era su voluntad, no otra cosa, lo que la había mantenido cuerda; esa maniática necesidad de intentar entenderlo todo, sorprendiéndose, admirándolo. Su cuerpo no daba para más, no escuchaba, el dolor la cegaba y no sería capaz de ponerse de pie, pero tenía voz y expandiendo sus pulmones al máximo de sus fuerzas gritó: “¡Vuelvan!”
            No pasó nada durante unos momentos. Pero entonces, los vínculos humanos comenzaron a recobrar consciencia. Algunos se sentaron, otros abrían los ojos contemplando con reconocimiento dónde se encontraban (algunos quizá habían conocido la dimensión de sus viajeros).
            “Aquí no tienen más poder”, dijo Mar  a los maestros, suavemente, pues estaba agotada, tan agotada. “Nos perdemos todos en el vertedero o se marchan de una vez”, sentenció.
            Uno de los cuatro se adelantó.
            “Nuestro final es el final de todos”
            “Que así sea”, respondió Tomás.
            Solo quedaban unas pocas estrellas revoloteando y se agotaban. Si la oscuridad lo llenaba todo, lo consumiría.
            “¡Basta!”
            “¡Basta!”
            “¡Basta!”
            Hablaron los otros tres.
            “Basta”, dijo el cuarto maestro. “Terminen con esto. El universo no puede perdernos. Ni a los viajeros. Somos quienes tejen el conocimiento, somos quienes ordenan los momentos… Los vínculos humanos serán libres. Los aquí reunidos, olvidarán. Serán los humanos de otros tiempos quienes brindarán nueva información”
            “Ningún humano será anulado”, exigió Tomás.
            “No serán anulados”, concedió el cuarto. “Sin embargo, los viajeros renuncian al vínculo humano. Su unión es peligrosa, los convierte en ellos. Ustedes volverán y viajarán de nuevo y buscarán nuevos vínculos en otros mundos”
            Tomás asintió. Todos los viajeros asintieron.
            Mar podía escucharlo todo en su mente. Lo habían logrado.
            La galaxia de Luna desapareció.
            Los maestros se acercaron a Tomás y a Luna. Los viajeros estaban visiblemente agotados. Mar pensó que si los maestros volvían a intentar algo, probablemente esta vez no tendrían ni la mínima oportunidad de evitarlo, tan malo era el estado físico de los viajeros.
            El cuarto maestro volvió a hablar, pero esta vez Mar no pudo escuchar.
            Tomás y Luna bajaron los brazos. Mar sintió como si un líquido tibio se derramara dentro de su pecho cuando su mirada se encontró con la de Luna.
            Los cuatro maestros desaparecieron súbitamente. Y volvió todo lo demás. El césped, los lagos y una lluvia ligera.
            Mar se tendió de espaldas. “Ahora sí, ya me voy a morir”, pensó, porque seguía perdiendo sangre, porque ya no sentía dolor, porque tampoco sentía las piernas, y  porque el alivio era tan grande, que en verdad pensó que por lo menos moriría tranquila.
            “No vas a morir”
            Luna estaba junto a ella y la levantaba en sus brazos.
            “¿Has visto mi futuro, marciana?”, preguntó Mar pegándose al cuerpo de Luna. Sentir el vínculo aminoraba un poco el sufrimiento, hasta podía escuchar la voz de Luna, como un murmullo lejano.
            “Es correcto”, dijo Luna, “he visto tu futuro y salvo unas cicatrices, no quedará nada”
            “Muy feo eso de las cicatrices. Olvidas el dolor, olvidas cómo te heriste, pero la marca se queda”
            “Lo logramos, Mar”, dijo Luna en su tono humano.
            “Por lo menos hasta que otra parejita de vinculados vuelva a cagarlo todo”, Mar quiso reírse pero una ola de náuseas se lo impidió. “Todos se despiden”. Dijo Mar, viendo que los viajeros y vínculos hablaban entre ellos.
            “Es correcto”
            “No entiendo por qué debemos olvidar”
            “Los viajeros no deben ser  humanos. No es nuestra función en el orden del todo. Estos 198 han descubierto el poder de su vínculo. Ese tipo de conocimiento no debe ser expuesto. Galaxias como la mía pueden desatarse sin control y absorber mundos enteros”
            “¿A quién le importa?”
            “A todo el universo, aunque no lo sepa”
            Mar entendió que había cosas que nunca comprendería.
            “¿No más experimentos con humanos?”
            “Tomás y yo hemos sido llamados para vigilar las futuras aproximaciones”
            “¿Entonces estarás siempre viendo hacia acá?”
            “Mar, siempre estaré viendo hacia ti”
            “Luna, no te vayas”
            Luna guardó silencio.
            Mar no quería perderla. No había estado consciente de lo imposible que le resultaba apartarse de su Luna, decirle adiós. Quizá estar lejos de ella sería peor que la locura.
            “Tu padre volverá”, dijo Luna. “Poco a poco, volverá a tu madre y a ti. Ten paciencia”
            Mar sintió un gran alivio. Luego se sintió mal porque el alivio no era suficiente para sentirse satisfecha. La idea de perder a Luna la rebasaba.
            “¿Ya sabes cómo usar tus lavado de cerebro conmigo, marciana? ¿Ya sabes cómo hacerme olvidar?”, preguntó Mar, derrotada.
            “Lo haremos entre todos. La fuerza deberá ser suficiente. Todos olvidarán”
            “Es que yo no quiero”
            “Mar…”
            “Luna…”, Mar quería decirle que la amaba, que su vínculo sería infinito, que no olvidaría, pero las palabras no alcanzaban a formarse. “Ella lo sabe”, pensó Mar, segura de aquello como de nada antes había estado tan segura.
            “Mar… duerme”, ordenó Luna, depositando un beso en la frente de la terrícola.

            Y el cuerpo de Mar obedeció.
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La Teta Feliz Historias y Relatos ® Laura T.D - Derechos Reservados
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3 comentarios:

  1. que capitulo.. esto esta lleno de tantas emociones, autora Felicidades por tan linda historia

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  2. Nooooooo...mar no puede olvidar a luna!!!!
    Estoy a punto de llorar!!!!! ����������

    M tienes enganchada a tu historia!

    C.R

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