Esperamos tu historia corta o larga... Enviar a Latetafeliz@gmail.com Por falta de tiempo, no corrijo las historias, solo las público. NO ME HAGO CARGO DE LOS HORRORES DE ORTOGRAFÍA... JJ

Amantes eternas - Adaptación - 5


CAPÍTULO 05 

Maldiciendo silenciosamente, Aleksandra se deslizó de su cama con desgana. El cielo fuera de la ventana se teñía de color con la mañana entrante, y ella tenía que marcharse a su guarida en minutos o afrontar las dolorosas consecuencias.

Desnuda, recogió su ropa desparramada, lanzándola descuidadamente sobre su brazo mientras se movía alrededor del cuarto. Las puntas de sus dedos acariciaron el rígido corsé de terciopelo y lo recogió. El perfume de Inna se elevó de la tela mientras una puñalada de deseo se disparaba a hasta su ingle. Su puño se tensó alrededor de las duras ballenas de plástico. Levantó el corsé hasta su nariz, inspirando su perfume, el perfume de su piel. Un estremecimiento suave la recorrió, y su brazo cayó como si sus músculos fueron repentinamente incapaces de soportar incluso el peso leve de la prenda.
Siempre había sido débil en lo que a ella concernía. Con cada encarnación, su deseo por ella aumentaba, y cada vez que la había perdido, se había sentido desolada. No importaba cuán duro lo hubiera intentado, nunca había tenido éxito en salvarle la vida. Con cada pérdida, había perdido otra pieza de sí misma hasta que a menudo se preguntaba si algo quedaba de la humana que una vez había sido.
Dejó caer el corsé en el espaldar y miró a su amante. Inna yacía sobre su estómago, con los cobertores enredados alrededor de sus piernas, su espalda desnuda. Su pelo estaba enmarañado por culpa de sus dedos mientras habían hecho el amor, sus labios hinchados de sus besos. Sonrosada de vida, su piel resplandecía de satisfacción.
Los labios de Aleksandra se tensaron. La rubia era suya, ahora y para siempre y, esta vez, ella estaba decidida a no volver a perderla nunca.


El latido bajo en su cabeza la sacó del sueño al completo desvelo en segundos. Inna abrió los ojos, con su corazón contrayéndose en la oscuridad del cuarto. Un grito se cerró en su garganta mientras se incorporaba en su nido de sábanas sedosas y su mano se movía a su frente, donde el dolor ardiente estaba concentrado. No podía ver nada.
—No…
Sus rodillas colapsaron mientras trataba de ponerse de pie y caía al piso cerca de la cama. Sus manos temblaron incontrolablemente mientras las lágrimas de desesperación llenaban sus ojos.
No ahora, todavía no.
Las amenazantes lágrimas se derramaron y se cubrió los ojos con los puños, tratando de detener la marea. El aroma de Aleksandra se arremolinaba a su alrededor, llenándola de un sentido de anhelo tan poderoso que casi se encogió bajo su acometida. En un abrir y cerrar de ojos, casi dejó de respirar, con su corazón latiendo con tanta fuerza que pensó que podría estallarle en el pecho. Qué no hubiera dado por tener los brazos de Aleksandra a su alrededor por cinco minutos más. Dejó escapar una risa amarga. ¿A quién quería engañar? Cinco años en sus brazos nunca serían suficientes.
Aleksandra nunca debía saberlo.
Se hundió en el alfombrado mientras los sollozos indefensos se desgarraban a través de ella. Apenas la conocía, pero tenía la extraña sensación de que se habían conocido desde siempre. Nunca había conocido a una mujer con quien se hubiera sentido inmediatamente a gusto, con quien hubiera sentido que podía decir casi cualquier cosa. Aleksandra parecía entenderla mejor que ella misma. Qué cruel broma del destino había sido conocerla justamente cuando su vida se acababa.
Apagó los sollozos con las manos hasta que no pudo llorar más. Le ardía la garganta y su dolor de cabeza se había intensificado, aunque no era tan insoportable como para buscar las píldoras contra el dolor que llevaba con ella a todas partes.
Todavía no.
El Doctor Peach le había dicho que probablemente sería la forma en que moriría. El tumor que lentamente destruía su cerebro le quitaría primero la vista, la conciencia y la vida en breve plazo. No había nada que ella pudiera hacer, porque el tumor era inoperable y, esa vez, la mataría.
La última vez que se había enfrentado a ese demonio había sido casi cuatro años antes. Después de largas y dolorosas sesiones de radiación, quimioterapia y luego finalmente la cirugía, el doctor Peach la había declarado libre del cáncer. Tan cercano, y con todo, tan lejano…
Se mordió los labios con fuerza. Había ido a la casa de Dirk para tener una última aventura amorosa con un hombre bien parecido. Y cambió de eso había estado con alguien que nunca imagino estar. Una mujer, una muy hermosa que la había hecho tan feliz. Desde antes de su último diagnóstico tres meses atrás no había salido con nadie y, después del diagnóstico, no había sentido justo involucrarse con alguien. Nadie sabía cuánto tiempo le quedaba de vida.
Esa vez realmente era el fin.
Se restregó los ojos. No podría quejarse… Bueno, podía hacerlo, ¿pero quién la escucharía? Con el primer diagnóstico, sus oportunidades habían sido menores al cincuenta por ciento, y ella había desafiado las probabilidades y había sobrevivido cuatro años.
Habían sido unos maravillosos... no, habían sido unos mágicos cuatro años, y había saboreado cada momento de ellos.
Había tenido la suerte de tener los recursos financieros para vivir como deseaba gracias a un fideicomiso de su abuela paterna. Había viajado, había visto casi todo lo que había querido ver, había pasado el tiempo con sus amigos, se había ofrecido voluntariamente a diversas obras de beneficencia, y ahora estaba escribiendo el capítulo final de una vida maravillosa.
¿Qué daría por un día más?
Cualquier cosa, cualquier cosa en absoluto.
Inhaló por la nariz, con las lágrimas amenazando otra vez con escapar al pensar en Aleksandra. No, era mejor que se fuera ahora, antes de que supiera que estaba enferma. Por un corto tiempo la morena se preguntaría qué le habría sucedido, por qué se habría ido sin decir palabra, pero era lo mejor. No quería que supiera que estaba enferma. Quería que Alek la recordara como había estado la noche anterior, sana y saludable, riéndose en sus brazos.
Apoyó las manos contra la alfombra y se empujó para levantarse. Manteniendo los ojos cerrados, se apoyó contra la cama, necesitando un momento de oscuridad para recomponerse. Mientras mantenía sus ojos cerrados, podía engañarse voluntariamente fingiendo ser normal por breves segundos más. Cada vez que había cerrado sus ojos, todo era oscuro, ¿correcto? Pero cuando los abriera, su mundo cambiaría para siempre.
Parpadeó, con el corazón en la garganta.
El cuarto estaba más claro.
Parpadeó otra vez, apenas atreviéndose a creer lo que veía. Fuera de la ventana, caía una llovizna gris y el sol luchaba por penetrar a través de la maraña de nubes. Atontada, luchó por ponerse de rodillas y gateó a través del océano de alfombras en busca del parche descolorido de luz de sol que fluía a través de las ventanas. Casi no percibía los quejidos apenas perceptibles que escapaban de su garganta mientras alcanzaba los ventanales, sus palmas presionadas contra el vidrio frío mientras la luz del sol, más fuerte ahora, caía en cascada sobre ella.
Las lágrimas humedecieron sus mejillas mientras su vista se nublaba. Parpadeó para apartar la humedad y la escena se hizo más nítida. La lluvia disminuyó hasta convertirse en una niebla fina y el sol penetró a través de las nubes, iluminando los jardines al otro lado de las ventanas.
Su mirada rebotó locamente en todas las cosas, moviéndose desde las rosas brillantes hacia la masa enmarañada de ramas llenas de púas. El querubín gordo en la fuente central continuaba derramando agua desde un florero grande, con una sonrisa abierta y ridícula en su cara. Las filas de cercos de protección de brillante color verde refulgían con lluvia a la luz cada vez más fuerte mientras un sentimiento de alegría atenazaba firmemente su corazón.
No me he quedado ciega. Era la lluvia, sólo la lluvia.
La risa burbujeó en su garganta, y echó la cabeza hacia atrás. Las lágrimas fluyeron a través de su cara, calentándose al sol mientras ella daba silenciosamente las gracias por otro día más.

***********

La alta mujer no podía apartar la vista de la mujer rubia.
Aleksandra miró por encima de su hombro a tiempo para ver a Inna inclinarse para evitar una rama sobresaliente, segura y estable en la silla de montar. Su caballo, una suave yegua gris, caminaba cómodamente detrás del suyo mientras montaban en la noche oscura de Colorado. El aire era frío, pero su suéter grueso debería mantenerla lo suficientemente caliente.
La morena miró hacia delante. Hasta que pudiera calentarla, claro.
Cuando había ido a su cuarto, escasos momentos después de la puesta del sol, Inna se había lanzado a sus brazos como si hubiera temido nunca volverla a ver. A Aleksandra le agradó su reacción. Le recordaba a la mujer que había sido antes. Siempre abierta y cariñosa, esta encarnación de su amor era mucho más cautelosa de lo que había sido en cualquier otra vida. No obstante, era mayor de lo que hubiera sido nunca también. Consideró cuidadosamente eso por un segundo. En esa vida, había vivido para ser mayor que en cualquier otra. Tal vez, en algún nivel cósmico, ¿la habría estado esperando también?
Le encantaba esa idea. Pronto, sería el momento de contarle acerca de sus vidas juntas. Por ahora, todavía tenía trabajo por hacer. Mientras Inna se sintiera más unida ella, más suave sería la transición cuando llegara el tiempo de contárselo.
O así lo esperaba.
Apartó a la fuerza el pensamiento. Tendría éxito; el universo no podía ser tan cruel para quitársela otra vez. Esa noche no iba a preocuparse, pues estaba a punto de mostrarle la octava maravilla y no podía esperar a ver su reacción.
El sendero se hacía cada vez más rocoso, pero los caballos siguieron el camino con facilidad. Sin duda habían andado por ese sendero hacia la gruta en muchas ocasiones.
Algunos minutos más tarde, un afloramiento rocoso rodeado por árboles surgió a la vista. Aleksandra dirigió a su caballo hacia un área protegida entre algunos árboles altos antes de hablar.
—Nos apearemos aquí. —Frenó su caballo y se apeó antes de volverse para ayudarla. Nacida para la silla de montar, la morena había cabalgado desde que tenía tres años de edad.
— ¿Estamos todavía en la propiedad de Dirk?— preguntó la rubia.
—Sí. —Aleksandra deslizó las manos alrededor de su cintura y la bajó a tierra. —Apenas hemos rascado la superficie de sus territorios. Sin embargo, nuestro destino está ahí adelante.
Ella asintió, su sonrisa burlona a la luz de la luna.
—Tanto secreto.
—Simplemente espera, y verás lo que tengo guardado para ti. —La mujer morena contoneó sus cejas con una fingida mirada lasciva.
Inna parpadeó, luego sus ojos se estrecharon.
—Esa calle tiene dos direcciones, mi amiga.
—Cuento con ello.
La morena buscó la mochila y sacó unas estacas de una solapa lateral. Clavándolas en la tierra, ató a los caballos con suficiente campo libre para pastar. Luego deslizó la mochila sobre su espalda, ajustándola hasta que le resultara cómoda. —Ven. —Extendió la mano hacia la mujer rubia.
Inna entrelazó sus dedos con los de ella, y Aleksandra la condujo al bosque.
—Está demasiado oscuro, ¿cómo puedes ver?— preguntó la rubia, tropezándose con una rama.
—Sigue mis pasos y estarás bien. He estado aquí muchas veces y conozco el camino de memoria. No te preocupes, no te llevaré por mal camino.
Inna lanzó una risa gutural.
—Eso es una lástima; es exactamente lo que esperaba.
Aleksadnra le dio a su mano un apretón mientras se acercaban al afloramiento rocoso que ocultaba su destino. Rodeando un grupo de arbustos, la morena la guio en la oscuridad hasta una fisura que un glaciar había hecho en la roca.
— ¿A dónde vamos?— había tensión en la voz de Inna.
—Paciencia, vale la pena el viaje. —Alek dio a su mano un apretón reconfortante.
Caminaron alrededor de veinte pies, rodeando y evitando las protuberancias de roca del estrecho pasaje. La alta mujer la guio hasta que el sendero se abrió a un mundo maravilloso. Aleksandra dio un paso a un lado para permitir a Inna seguir, y oyó su inspiración mientras ella entraba en la burbuja de luz.
Estaban de pie sobre una pequeña saliente, mirando desde lo alto una gran fuente termal. Las paredes de rojo ocre resplandecían a la luz oscilante de docenas de antorchas que iluminaban un manantial a diez pies por debajo. Las rocas colgaban suspendidas sobre el agua, formando una serie de salientes y escalones que posibilitaban ir de arriba abajo por la piscina. El calor irradiaba desde la fuente mientras el vapor flotaba suavemente hacia arriba en zarcillos perezosos. En lo alto, el cielo de terciopelo negro parecía constelado con millones de diamantes. Los muros de rocas ocre se levantaban a veinticinco pies sobre la base como una taza de café extrañamente redondeada, conteniendo el calor del manantial.
—Nunca he visto nada como esto— dijo Inna.
Aleksandra sonrió, contenta con su respuesta.
—He estado en casi todos los países del mundo y tampoco he visto nunca cualquier cosa como esta. —Miró su cara impresionada. —Ven, compartamos sus deleites.
La morena la guio por un sinuoso camino de piedras que conducían al fondo. Inna corrió rápida y ligeramente hacia el borde del estanque y se dejó caer de cuclillas para sumergir sus dedos en el agua, con una mirada de placer extremo en su cara.
—Esto es asombroso. ¿Qué tan profundo es?
—Treinta o cuarenta pies más o menos. —Dijo Aleksandra quitándose la mochila mientras caminaba hacia una roca grande y plana. A través de las suelas de sus botas, podía sentir el calor en las plantas de los pies. —Es asombroso, y lo mejor de todo es que estamos a solas.
Inna se levantó y caminó hacia ella mientras Aleksandra colocaba sobre suelo sus provisiones.
—Qué casualidad. —Sus dedos se enroscaron alrededor de la parte inferior de su suéter y lo levantó lentamente, torturándola mientras exponía cada pulgada deliciosa de piel antes de quitárselo por la cabeza. Bajo la lana voluminosa, Inna llevaba puesto un pequeño sostén verde esmeralda que apenas cubría sus senos. —Hace calor aquí, ¿no crees?— preguntó, con una expresión inocente y tentadora al mismo tiempo.
—Sí. —Aleksandra se relamió los labios. —Y se pone más caliente a cada minuto— se sentó, poniéndose cómoda, ansiosa de ver lo que la rubia haría después.
Inna extendió el suéter en una roca caliente antes de continuar su camino hacia ella. Sus dedos hábiles deshicieron el botón de sus pantalones vaqueros, luego abrieron la cremallera. Se detuvo ante la morena antes de levantar un pie, colocándola en el ángulo entre sus piernas, a pulgadas de su excitación.
— ¿Puedes ayudarme con las botas?
Aleksandra contuvo una sonrisa mientras desataba los cordones con una mano y deslizaba la otra tan arriba bajo las perneras del pantalón como era posible tocando la tersura de su piel. Los ojos de Inna se estrecharon mientras la otra mujer le quitaba una bota, después el calcetín, y luego se detenía el tiempo suficiente como para brindarle al arco del pie una lenta caricia con un dedo.
Una sonrisa curvó la boca de la alta mujer mientras ella bajaba un pie y levantaba el otro. Alek repitió el proceso, esta vez demorándose sobre el hueso fino de su tobillo, y sonrió cuando Inna tembló y apartó el pie, cuidándose de alejarse a una distancia segura antes de quitarse los pantalones. Sus bragas hacían juego con el sostén, y eran ridículamente pequeñas. La morena se relamió los labios mientras la devoraba con los ojos.
—¿Te gusta lo que ves?
Aleksandra la miró a la cara.
— ¿Qué piensas tú?
Inna se acercó y dejó caer su mirada hacia los pezones de la alta mujer
—Creo que lo estás disfrutando.
Aleksandra la alcanzó, jalándola hacia la V hecha por sus piernas, y luego depositó un beso sonoro en su estómago.
— ¿Qué voy a hacer contigo?— masculló contra su piel dulce.
La rubia entrelazó los dedos en su pelo y le echó la cabeza hacia atrás, buscando su mirada.
—Todo, espero. —Inclinándose sobre la morena, la atrapó en un beso ardiente y cargado de promesas. Su lengua se enredó con la de ella mientras su sabor femenino estallaba a través de su sistema nervioso, excitando sus sentidos.
Inna la soltó y se alejó, y la morena tuvo que refrenarse para no atraparla otra vez. Quería más, mucho más, pero tenían tiempo para eso. Todo el tiempo del mundo.
Sin desviar la mirada, la rubia levantó las manos para soltarse el cabello hasta que cayó en olas gruesas y suaves sobre sus hombros. Pasó los dedos por esa seda oscura y Aleksandra captó un aroma a hierbas y supo que era suyo.
— ¿Te unes a mí?— preguntó Inna.
—En un minuto. —Necesitaba tiempo para serenarse antes de unirse a ella en la piscina. En su estado actual, estaría dentro de ella en un minuto y no quería eso. Quería que fuera largo y placentero.
Ella asintió y se marchó dando media vuelta, regalándole la visión de un trasero bastante bien redondeado enmarcado por su diminuto tanga de encaje. Aleksandra tragó saliva mientras ella caminaba, admirando el inconsciente y erótico balanceo de sus pasos. La rubia se acercó al borde y, sin una pausa, se echó un clavado en el agua apenas salpicando.
La moran soltó el aliento que había estado conteniendo. Inna era letal, y la alta mujer adoraba cada pulgada suya. Se levantó e hizo un trabajo rápido al vaciar la mochila. Lo colocó todo en una manta, junto con una botella de vino que había conservado frío. Después, depositó un surtido de quesos y carne con crujientes galletas saladas. Sabía que la rubia necesitaría un bocadillo más tarde con la misma seguridad con que sabía que ella no necesitaría nada.
Todo lo que necesitaba era a la mujer rubia que yacía en el agua.
Inna chapoteaba alrededor de la piscina mientras Aleksandra se sacaba la ropa, colocando sus prendas de vestir junto con las de ella en las rocas calientes. Dando un paso hacia la saliente, su mirada se entrelazó con la de ella antes de que la morena saltara al agua para reclamarla.

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